Xaro Cortés

Porque me gusta escribir.

Adarves de Rencor


UNO

Martes, 7 de octubre de 2003


De todos los bares de tapas que había en la ciudad, “La Taberna de Baco” era uno de sus favoritos. Y podía asegurar, pese a sus escasos conocimientos sobre el tema que, de entre los cientos de tapas diferentes que podían degustarse entre todos los bares, el “Tiradito de corvina con pisto de frutas” era una de las más suculentas.

No podía decirse que se trataba de la tapa más elaborada, ni una de esas que sólo podían degustar los paladares más exquisitos. Sin embargo, la mezcolanza de sabores y el modo tan inteligente con que los ingredientes se mezclaban en la boca, hacía de aquella tapa de origen criollo una exquisitez para cualquier paladar.

El bar en sí constituía otro de los placeres para cualquier famélico viandante. Estaba enclavado en la famosa plaza del Príncipe –el escenario dónde, según la tradición, había encontrado la muerte el único hijo varón de los Reyes Católicos- y mostraba a los ojos de los viandantes una pintoresca fachada de madera roja que, junto a las típicas ventanas con rejas andaluzas, rematadas con unas amplias cristaleras de estilo retro, invitaba a visitar su interior.

A Josué le gustaba sentarse en una de las mesas más apartadas del local porque desde aquel privilegiado lugar podía ver sin ser visto y escudriñar con fisgoneo enmascarado a la variopinta clientela, lo que para alguien de su profesión significaba un excelente ejercicio de psicología. Paladeaba, más que bebía, una fría cerveza de barril. Demasiado fría, quizás, para una garganta castigada por los años con una más que molesta faringitis crónica acompañada, como no podía ser menos, por unos cuantos nódulos en las cuerdas vocales.

Mientras aguardaba a que su plato se enfriara lo suficiente como para atacarlo sin miedo a sufrir serias quemaduras en la lengua, aspiraba el aroma del lenguado macerado con frutas del tiempo, logrando con ello estimular sus jugos gástricos hasta el punto de considerar seriamente una analogía con el perro de Pávlov.

Ya se disponía a atacar el manjar cuando escuchó sonar los primeros acordes de la banda sonora de una serie de moda, al tiempo que notaba las vibraciones de su móvil en el bolsillo derecho de su camisa de franela.

- ¡Joder! ¡Ya ni comer tranquilo dejan a uno!

Extrajo con desgana el móvil y vio la foto de la mujer que lo buscaba, una modelo que lo miraba sugerente ataviada con una bella y no menos sensual prenda de ropa interior tan negra como sus preciosos ojos rasgados.

- Dime –respondió seco y cortante, tal y como acostumbraba a hacer cuando algo lo incomodaba.

- Josué, soy Amalia. Creo que deberías de ver esto.

- Estoy a punto de empezar a comer, Amalia. ¿No puede esperar?

- Bueno –respondió la mujer tras unos segundos de intervalo-, supongo que el tipo éste estará igual de muerto mañana; aunque mucho me temo que el lugar del crimen no estará en las mismas condiciones cuando terminen de inspeccionarlo los de la Benemérita y la Nacional.

El hombre miró con tristeza la corvina antes de responder.

- Voy para allá ¿dónde estás?

- En el callejón de San Cecilio.

Josué suspiró con aire cansado.

- Supón por un momento que no soy de aquí, y de paso haz un esfuerzo y piensa que todavía no tengo todo el plano de la ciudad dentro de mi cabeza.

- Pues se trata de una callejuela, pequeña pero preciosa, ubicada en un barrio de raigambre al que los que sí son de por aquí le llaman Albaicín.

- ¿En el Albaicín? ¡Joder, tía! Yo estoy en el Realejo.

- Entonces será mejor que te des prisa.

- Dame media hora, compañera. Tengo que subir andando.

- Haré lo que pueda para evitar que entren antes que tú, pero no puedo prometerte nada.

- Gracias.

Curro, el atento camarero, ya había llegado a la mesa, respondiendo así a la llamada por señas de su cliente.

- ¿Te lo guardo o te lo envuelvo, jefe?

- Sin coñas, por favor. Dime qué te debo.

- Dos euros, por la cerveza.

- Gracias, Curro.

- ¿Puedo hacer algo más por ti, jefe?

- Sí, gracias. Prepárame un bocadillo de jamón. Me lo comeré mientras camino.

- Si continúas así, cualquier día serás tú quien esté en la mesa de tu amiga la forense.

- ¿Quién? ¿Alba?

- La misma.

- Esa no es amiga mía, Curro. Soy demasiado… digamos masculino, como para que me considere su amigo.

Mientras el camarero retiraba el servicio, Josué cogió el móvil pensando en que ya iba siendo hora de cambiar la foto de Amalia. Cuando llegara a su casa buscaría el archivo que contenía las escasas fotos que un compañero le había pasado de la época de modelo de lencería de la mujer. Desde entonces habían transcurrido más de diez años, pero Amalia continuaba calzándose una talla treinta y ocho en su escultural cuerpo de treinta y siete años muy bien llevados. Privilegio que ella gustaba remarcar con su estilo de vestir, más propio de Wenda, su hija adolescente, que de una reputada investigadora con una dilatada experiencia dentro de la policía científica. Sonrió con picardía al pensar en la reacción de su compañera si ésta llegara a enterarse de que él tenía una sugerente fotografía de su época de modelo como imagen de llamada. Teniendo en cuenta que era una experta en la lucha cuerpo a cuerpo resultaba muy excitante considerar la escena.

El camarero le alargó un bote de cerveza.

- Por si se te atraganta el bocado.

- Gracias, Curro. Tú sí que eres un amigo formidable. Nos vemos a la noche.

Y salió al exterior abrochándose los botones de su chaqueta de lana obligado por el frescor del ambiente.

Varios compañeros del cuerpo le habían advertido de que allí hacía mucho más frío que en su Valencia natal, desde donde había llegado hacía apenas tres meses, trasladado desde la comisaría central de la ciudad para cubrir una plaza vacante en la unidad de criminalística de Granada. Y lo cierto era que Josué no recordaba haber pasado tanto frío a principios de octubre en toda su vida.

- No en vano le pusieron Sierra Nevada a las montañas del lugar –farfulló mientras caminaba en dirección a la plaza Santa Ana.

Desde allí enfiló la Carrera del Darro hasta llegar a la iglesia de San Pedro, para enfilar acto seguido la calle Zafra y comenzó a subir hacia el mirador de San Nicolás siguiendo las indicaciones del dispositivo GPS de su móvil, una aplicación de gran ayuda, tenía que reconocerlo. No quería desorientarse en aquel laberíntico entramado de calles, plazas, callejones y plazuelas que suponía recorrer el arcaico barrio del Albaicín para un neófito como él.

Mientras ascendía por los escarpados callejones, Josué apelaba una y otra vez a su desarrollado sentido de orientación, el mismo que en tantas ocasiones le había servido de inestimable ayuda y que confiaba en que no lo abandonara ahora que tanto lo necesitaba.

Continuamente veía a su alrededor algo que atraía su atención: una fuente, un árbol de extraña forma, una verja o el hermoso y florido jardín que pudiera atisbar a través de las rejas de las blancas casas de piedra. Josué pensó en que nunca en su vida había visto un barrio tan monocromo. Hacia donde dirigiera su mirada sólo veía blanco deslumbrante. El enlosado por el que transitaba, tan lleno de piedras que, a fuerza de la erosión y del paso del tiempo, aparecían aplanadas, contribuía en gran medida en dotar de magia al arcaico lugar; aunque en algunos tramos la erosión todavía no hubiese actuado lo suficiente como para evitar ser un suplicio a los ajados pies de algún que otro caminante.

Aproximadamente a la mitad de la empinada cuesta del Aljibe de Trillo el inspector se detuvo para recuperar algo de resuello. El bocadillo le había provocado una molesta sensación de flato que le impedía respirar con normalidad.

El recuerdo de la última imagen de Amalia se apoderó de su mente. En honor a la verdad, lo que no podía olvidar era la minifalda de cuero negro que la mujer solía llevar en ocasiones. Josué sonrió para sus adentros y, mientras reanudaba el camino, jugaba mentalmente a imaginar la indumentaria con que lo sorprendería dentro de unos minutos.

El Mirador de San Nicolás aparecía casi desierto. Todavía era algo pronto para que decenas de curiosos se agolparan en el pretil del murete y contemplaran, embelesados unos, estupefactos los otros, las tonalidades rojizas con que la puesta de sol revestía los muros de la Alhambra.

Desde que había llegado a la ciudad, el inspector no había encontrado tiempo para visitar uno de los monumentos más afamados de España. Aunque se consolaba al saber que, prácticamente desde cualquier calle de la ciudad, sólo con alzar la mirada podía recrear su vista con la imagen de sus imponentes murallas recortando el horizonte.

-“¡Pobre consuelo de tontos!”-pensó al tiempo que enfilaba el callejón de San Cecilio.

El móvil volvió a sonar. Era Amalia.

- Dime que no te has perdido.

- No creo. En esta placa hay escrito algo similar a “Callejón de San Cecilio”.

- ¡Menos mal! Llegas a tiempo. Ven al número cinco. Pasando el colegio de primaria.

Y dicho esto cortó la comunicación de forma tan áspera como la había iniciado.

Josué vio a su derecha grandes casas con jardín del mismo blanco inmaculado que las que había dejado atrás. No cabía duda de que aquella era la tónica dominante de uno de los barrios más afamados de Granada.

El número cinco del callejón de San Cecilio carecía del glamur de sus convecinos. A simple vista parecía tratarse de la hermana pobre de la calle. Su blanca fachada reclamaba a gritos una mano de pintura, al igual que el marrón su puerta de madera, tan vieja y desvencijada que podía abrirse con sólo una patada. Aquella vivienda estaba a miles de años luz de las que se encontraban apenas a unos metros de distancia; grandes, bien cuidadas y franqueadas por muros de sólida piedra y verjas negras excesivamente protegidas.

Amalia lo aguardaba en la puerta de acceso, junto a un hombre calvo de mediana edad y estatura media al que presentó como al sargento Gaspar Hernández, de la benemérita.

-Josué Garrigues –dijo presentándose a sí mismo. Y volviéndose a su compañera le pidió que lo pusiera en antecedentes.

- En realidad –terció el sargento- parece que se trata más bien de una muerte accidental que homicida.

- No obstante, ya que he llegado hasta aquí, me gustaría entrar. Si no supone una molestia, claro.

- Por supuesto. Acompáñenos.

A priori, el interior de la vivienda no tenía nada que ver con la fachada. Un corto pasillo desembocaba en un amplísimo y luminoso comedor profusamente iluminado por dos amplios ventanales que daban a un patio interior. A la izquierda de la estancia Josué divisó una escalera que llevaba al piso superior y una puerta entreabierta que permitía vislumbrar parte de la cocina de la morada. Ninguna de las paredes que se veían en la casa estaba desnuda. Todas habían sido cubiertas con papel pintado que, afortunadamente, cambiaba de dibujo y color según la estancia de la vivienda en la que se encontrase.

El mobiliario en su totalidad aparentaba tener más de treinta años. Recia madera, bien labrada; varias sillas de boga distribuidas por doquier y dos sillones con orejeras contribuían en gran medida a acrecentar la sensación de encontrarse en el anticuario de una gran ciudad.

Media docena de agentes se afanaban por encontrar huellas o indicios que arrojaran pruebas de alguna irregularidad. El que se encontraba en el interior de la cocina llamó la atención de Gaspar y éste corrió a reunirse con él.

- Todo está demasiado limpio –observó Josué.

- Sí –convino Amalia-. Demasiado pulcro para tratarse de un hombre que vivía solo.

- Eso explicaría la falta de interés por renovar el mobiliario.

- ¡Vaya! ¿Y desde cuándo te interesa a ti el tema?

- No entiendo el motivo de tu sorpresa. Cuando no compartes tu vida con otra persona algunos detalles comienzan a carecer de importancia. Vivir rodeado de antiguallas es uno de los más frecuentes.

- ¿Y a qué atribuirías tú el motivo?

Josué se aproximó a su compañera todo lo que el recato le permitía antes de responder.

- Como solitario empedernido puedo asegurarte que vivir rodeado de recuerdos del pasado ayuda a sobrellevar mejor el presente.

La mujer le dedicó una de sus sonrisas más sensuales, desarmándolo por completo.

- ¿Subimos?

- ¿A dónde?

- Al dormitorio.

- Amalia, ¿estás insinuándote?

- El cadáver nos aguarda en el dormitorio, Josué. ¿Crees que podrías centrarte en el asunto que nos ha traído hasta aquí, aunque sólo sea un momento?

El inspector de la científica suspiró.

- Al menos lo he intentado.

- Mal momento has escogido, compañero.

- Tal vez la próxima vez...

El bueno de Gaspar se reunió con ellos, terminando así de romper lo que todavía quedaba de la magia del instante.

- Estamos esperando la llegada del juez de guardia para el levantamiento del cadáver.

- Mejor. Así podremos verlo antes de que se lo lleven. ¿Alguien del servicio médico?

- Están con el fiambre.

- ¡Perfecto! ¿A qué estamos esperando? – y comenzó a subir las escaleras antes de que algún imprevisto se lo impidiera.

- ¿Siempre es tan… impetuoso? –quiso saber el guardia civil.

Amalia sonrió a su interlocutor. Prefería no responder a una pregunta tan directa como delicada, máxime cuando no conocía a su compañero hasta el punto de saber exactamente qué decir o qué callar. Agradeció el gesto de cortesía con un ademán y comenzó a subir las escaleras precediendo al sargento.

El muerto estaba echado sobre la cama. El ayudante del forense escribía con celeridad las palabras que, literalmente, le susurraba el médico tras observar con interés profesional algunos aspectos del hombre que a cualquier profano pasarían desapercibidos.

Josué sonrió al reconocer al forense.

- ¿Crees que mejorará con uno de tus jarabes, Marcos?

- Lo que pienso –respondió el aludido sin siquiera mirar al policía que ya había reconocido por la voz- es que nunca te tomas el trabajo tan en serio como deberías.

- Cuidado con tus insinuaciones, amigo. Tengo varios testigos corruptos que por un puñado de caramelos testificarían en tu contra ¿verdad Amalia?

- Siempre que sean de café con leche, Josué. Yo por menos no me vendo.

- ¡Vaya por Dios!- se quejó el forense- ¡Estás extendiendo la infección!

El policía se arrodilló junto al hombre, al que dio una amistosa palmada en la espalda.

- ¿Natural o intencionada?

- Natural. Sin duda. Accidental, para ser más exactos.

- ¿Qué es ese olor tan desagradable? No da la impresión de estar tan avanzada la putrefacción.

- Restos de vómito y de heces acuosas, esparcidos ambos por las sábanas que cubren el cuerpo. Todo apunta a que ingirió alguna especie de las muchas que existen de seta venenosa.

- Pudieron administrarle el veneno directamente –observó Amalia-. Con lo cual dejaría de ser accidental.

- Es posible –respondió Marcos Prat mirando a Josué por primera vez desde el inicio de su conversación- pero no probable.

- ¿Qué sugieres?

- Lo encontraron echado en la cama, lo que indica que debió de sentirse mal y se acostó.

- A ver si se le pasaba –concluyó Josué con retintín.

- ¿Causa principal de la muerte? –quiso saber el sargento.

- Depende de la toxina, por supuesto; pero deduzco que los órganos principales fallaron uno tras otro conforme avanzaba la destrucción de las células.

- ¿Continúas pensando que consumió las setas venenosas de manera accidental?

- Nada indica lo contrario, inspector.

- Sin embargo, algo me dice que no fue así. ¿Usted qué opina, Gaspar?

- Comparto su opinión, Josué. Algo no encaja en la teoría de la muerte accidental. El teléfono está junto a él. Tiene línea y, sin embargo, no llamó a urgencias ni pidió auxilio...

- No existe veneno alguno que actúe con tanta rapidez –concluyó el inspector.

- Tomaré unas cuantas fotos.

- Intenta hacerlas desde todos los ángulos posibles, Amalia. No quiero que se nos escape nada.

- De cualquier manera, no queda otra que aguardar a que termine con la autopsia y al resultado del estudio toxicológico.

- ¿De cuánto tiempo estamos hablando, doctor? –quiso saber el sargento.

- Entre dos y tres semanas. Como siempre.

- ¿Conocemos su identidad? –preguntó Josué al sargento.

- Bruno Haba.

- Un apellido de lo más inusual.

Josué escudriñaba el cadáver con atención.

- Lleva más de un día muerto –observó-.

- A juzgar por su rigidez y por la deshidratación, me inclino a pensar que lleva entre cuarenta y ocho y sesenta horas.

- ¿Y nadie se ha dado cuenta antes? –quiso saber Amalia.

- Cariño, recuerda que el pobre hombre vivía solo.

- ¿Alguien sabe dónde está el aseo? -volvió a preguntar la mujer haciendo caso omiso al comentario de su compañero.

- Saliendo a la derecha –se adelantó Gaspar, abortando así otro de los comentarios jocosos de Josué.

Lo primero que llamó la atención de la inspectora fue la pulcritud de aquel vetusto cuarto de baño. Viendo la composición del lugar, a Amalia le vino a la mente el recuerdo de una película antigua de miedo que había visto durante una noche de insomnio no hacía mucho tiempo. La única diferencia era que lo que observaba ahora no estaba en blanco y negro, sino que tenía color.

Los inmaculados azulejos, de una suave tonalidad azul, reflejaban la luz blanca del techo, claro indicativo de una escrupulosa limpieza en el lugar. La bañera, de pies y separada de la pared, tenía el tamaño perfecto para que una persona adulta pudiera sumergirse en ella sin dificultad. El lavabo, de gruesa piedra blanca, y el bidé a juego que se encontraba frente al inodoro también estaban confeccionados con análoga materia prima.

Amalia observó que nada de lo que allí veía llamaba su atención. Incluso el cepillo de dientes estaba en su lugar.

El inodoro era lo único que tenía algún asomo de suciedad y estaba lleno de salpicaduras de vómito. Amalia tomó una muestra, aunque no tenía muchas esperanzas de que ésta estuviera libre de contaminación externa, y regresó al dormitorio.

Josué la aguardaba junto a la escalera.

- ¿Necesitas recabar más pruebas?

- He terminado.

- Pues vámonos. El juez acaba de llegar y ha precintado la escena.

- ¿Quién nos ha tocado en suerte?

- La dama de hierro.

- ¿Matilde? Estamos jodidos, amigo.

- No es tan fiero el león como lo pintan.

- Tal vez no para un… ¿cómo te has definido?... solterón empedernido, pero...

- Solitario.

- ¿Qué?

- Solitario empedernido, que no solterón.

- ¡Vaya, cuánta susceptibilidad! Siempre pensé que eran sinónimos.

- Para nada. Se puede ser solitario estando rodeado de gente a todas horas...

- Y soltero pero acompañado. Lo capto.

Josué cogió del brazo a su compañera y la condujo escaleras abajo.

- ¿A qué viene tanta prisa? –se quejó la mujer.

- Como no salga pronto de este lugar seré yo quien acabe soltando en el baño un bocata de jamón y dos cervezas. Además, tenemos que averiguar quién era Bruno Haba.

- Y el motivo de que no haya renovado su mobiliario en tantos años.

- Eso, estimada colega, es lo único que me trae sin cuidado por el momento de todo este asunto.