Xaro Cortés

Porque me gusta escribir.

Amargo triunfo


Capítulo uno

Víspera de San Fermín del año de Nuestro Señor de 1085.


Elvira contemplaba extasiada el diminuto cuerpecillo que no cesaba de retorcerse vigoroso entre sus brazos. Apreció que poseía un tacto suave y aterciopelado pese a estar completamente cubierto de sangre, vísceras y suciedad. El sorprendente descubrimiento le produjo una sensación extraña y diferente a cuantas había experimentado en toda su vida.

Del cordón umbilical, aún sin cortar, pendía una bolsa sanguinolenta con un suave, aunque llamativo, color violeta. Aquella bolsa desprendida del interior materno, tenía un agujero por uno de sus lados. Alguien, de entre todas las personas que se encontraban a su alrededor, aunque ahora no podía precisar quién, le había dicho que aquello era la placenta, la cuna de la vida y que ese orificio lo había hecho el niño al abandonar el vientre de su madre.

Y la muchacha, fascinada, contemplaba ahora la magia de la vida.

El enérgico y apremiante llanto del recién nacido era lo único que rompía el sepulcral silencio que reinaba en el interior de aquella humilde vivienda. A través del escueto y único postigo de la estancia comenzaban a vislumbrarse los primeros rayos solares que tímidamente anunciaban el naciente día. El amanecer daba la bienvenida a la nueva vida al tiempo que despedía lóbregamente a su madre.

La joven sintió la calidez de una lágrima resbalando por su mejilla, aunque en un primer momento no acertó a discernir si ésta era debida a la dicha por haber presenciado el alumbramiento o a la infelicidad que en ese instante la embargaba tras haber sido testigo impotente de la agonía y sufrimiento de aquella desdichada mujer que había dado su vida a cambio de la de su hijo. De cualquier modo ahora sabía que había pagado un precio muy alto por alcanzar uno de sus sueños infantiles.

- Dámelo niña, o terminará por resbalársete y caer al suelo.

Apartó por unos instantes la mirada de la criatura y vio que la partera, una anciana encorvada por el peso de la edad y muy pocos dientes que mostrar con su sonrisa, le tendía las manos para coger al niño. Elvira se lo entregó sin oponerse. Lo último que ella pretendía en aquel momento era lastimar al bebé y, por otra parte, desconocía el método de cortar un cordón umbilical o la manera de asear a un recién nacido.

Sintió una imperiosa necesidad de salir de la vivienda. El olor a sangre y vísceras que inundaba la estancia en conjunción con el cansancio, tanto físico como anímico, que comenzaba a denotar con más ímpetu en su ser a medida que pasaban los minutos, la atenazaban hasta el punto de notar angustiada que le faltaba el aire y que, de no acceder al exterior, dejaría de respirar en breve.

Los cálidos rayos de julio, pese a lo temprano que todavía era, la deslumbraron augurando así otra asfixiante jornada.

Consideró que debía de haber pasado en la penumbra de la pequeña vivienda anexionada al molino demasiadas horas. Todavía no se había puesto el sol cuando la avisaron de que la molinera estaba de parto. Intentó vanamente aspirar una bocanada de diáfano aire que la despojase de aquel hedor a muerte que llevaba consigo; sin embargo no consiguió libarse de aquella extraña sensación de pérdida y desconsuelo que había logrado bloquear cualquier otra emoción…cualesquier otro sentimiento.

Insistente, había perseguido sin descanso a Justa durante meses con la única finalidad de que le permitiese asistir al alumbramiento de su hijo. La madre de la molinera había sido su ama de cría, razón por la cual, las dos habían crecido juntas, casi como hermanas. Ambas contaban con la misma edad: diecisiete años. Elvira sentía un cariño especial por Justa y sabía que, pese a las diferencias existentes entre ellas, la muchacha siempre la había considerado como a su hermana.

Ahora Justa estaba muerta y Elvira experimentaba una vez más aquella sensación de vacío en su alma. Vacío que siempre se hacía acompañar por la misma amarga y familiar sensación de desamparo. Consideró que ningún otro sentimiento podía ser equiparado a la conmoción que ocasionaba el fallecimiento de un ser querido.

Las sirvientas le habían advertido en varias ocasiones que en todos los alumbramientos la muerte pasaba por debajo de la cama de la parturienta; su propia madre había fallecido debido a unas fiebres contraídas durante el posparto; pero Elvira, obstinada como era, argumentaba que no todas las primíparas fallecían y que el número de multíparas era superior al de las mujeres que perecían durante su primer alumbramiento.

Caminaba tan abstraída que no fue consciente de haber dirigido sus pasos hacia el arroyo hasta que llegó a la verde orilla salpicada de florecillas silvestres. Se arrodilló para lavarse las ensangrentadas manos, perdiendo la noción del tiempo transcurrido desde que sumergiera los brazos hasta la altura del codo en las cristalinas y frescas aguas y el instante en que escuchó el tañido de la campana anunciando el empiece del oficio religioso.

Con paso lento y sin lograr apartar de su mente ni a Justa ni a su hijo se encaminó hacia su dominio, en el corazón mismo de la villa. No se sentía con fuerzas para comer nada y sin embargo estaba famélica. En aquel momento evocó las múltiples ocasiones en que Justa y ella habían desayunado juntas, bebiendo la primera leche ordeñada en la mañana y comiendo huevos de la primera puesta y de nuevo sintió que las lágrimas afloraban a sus ojos. Al enjugárselas con la falda del vestido observó que éste estaba completamente manchado de sangre.

Debía cambiarse de ropa y asearse antes de bajar a la cocina, consciente de que no podía presentarse ante sus siervos de esa manera. También consideró que a ella correspondía disponer lo antes posible las exequias de su amiga y el bienestar del pequeño, de otro modo él también perecería por falta de alimento. Afortunadamente el regreso de su esposo no estaba previsto para antes de la mañana siguiente y para entonces ya estaría todo arreglado. Él no tenía porqué enterarse de nada.

Regresó deliberadamente por el camino de la iglesia. A juzgar por la posición del astro rey concluyó que debía de haber dado comienzo ya la liturgia de las horas de la mañana, por lo que el exterior del templo no estaría muy concurrido aunque en el interior del monasterio contiguo sí bulliría un constante trasiego de monjes que, una vez finalizado el oficio de tercia, estarían ya inmersos en sus quehaceres cotidianos.

La iglesia, edificio de herencia mozárabe, construida sobre grandes sillares de piedra, techo de madera y dotada de una planta de cruz griega, que se erguía imponente junto al borde del camino que llevaba al río, la había cautivado desde su infancia. No alcanzaba a recordar la primera vez que entrase en ella pero tenía la certeza de que aquel edificio había constituido parte de su vida desde el principio.

Su padre, el malogrado conde de Vascos, formaba parte de la arraigada nobleza aragonesa, cuyos miembros eran vasallos a la par que nobles de sangre desde los tiempos del muy grande soberano Egica, el azote de los judíos. El rey Alfonso había concedido al joven Vicente el honor de formar parte de su clientela personal a la muerte del rey Fernando, cuando el joven infante competía con sus hermanos por la corona castellana, encomendándole varias campañas militares de las que el joven caballero siempre salió victorioso.

El contingente de milites palatti castellanos que habían llegado a la aldea en 1065 y que estaban bajo las órdenes de su padre, a quien para entonces ya era monarca de Castilla y León, Alfonso, terminaba de conceder el señorío de la villa de Vascos, invistiéndolo conde de la misma, se instalaron en ella con todos los derechos y privilegios que el monarca les había concedido como pago por los excelentes servicios prestados durante años. El privilegio de bautizar a la monumental construcción de piedra, edificada varios años atrás por los mozárabes, y al conjunto monacal adscrito a ella, con el nombre de Santa María fue una iniciativa personal del abad asignado a su gobierno; y a Nuestra Señora la Virgen la consagraron en su día, mediante una fastuosa conmemoración que contó con la presencia del obispo Wilesino.

Elvira aún no había nacido por aquel entonces pero tanto su padre como el abad Lorenzo le habían relatado los acontecimientos en tantas ocasiones que desde niña solía fantasear con un día tan feliz y señalado para su aldea, sin omitir ningún detalle de lo acontecido realmente.

Rodeó la iglesia hasta llegar a la puerta de acceso de la hospedería. Aunque los monjes estuvieran muy ocupados, sabía a ciencia cierta que nunca se negaban a abrir ese portal ni a peregrinos ni a villanos. Sólo unos minutos tardó uno de los oblatos en abrir la portezuela del vano instalado en la puerta con el fin de comprobar quién llamaba y qué quería, tal y como acostumbraban a hacer.

Se sorprendió al comprobar que en lugar de atender su llamada un venerable anciano, aquel rostro pecoso pertenecía a un muchacho que no debía contar con mucha más edad de la que ella tenía en aquel momento.

- ¿Qué deseas hermana?

- Hablar con el abad Lorenzo.

- Me temo que eso no va a poder ser ahora. En estos momentos el abad está demasiado ocupado con sus quehaceres en el huerto.

- Aun así me gustaría que le dijeses que Elvira de Vascos necesita hablar urgentemente con él. Supongo que podrá encontrar un hueco para recibirme.

- ¡Sois Elvira de Vascos!- Exclamó al tiempo que se santiguaba con un gesto provisto de comicidad-. Ahora mismo aviso al abad.

Y sin aguardar su respuesta desapareció raudo. Unos minutos más tarde se abrió la portezuela y el joven novicio la invitó a pasar presuroso.

- Acompañadme señora, por favor. El prior dice que no tardará.

La condujo hasta una esquina del claustro en la cual todavía no habían llegado los rayos solares; aunque, viendo la proximidad de éstos y su rapidez de avance, Elvira pensó que no tardaría en sentir su cálido abrazo.

Desde allí podía vislumbrar parte de los huertos de hortalizas que los monjes cuidaban con excesivo esmero. El frío invierno parecía haberse aliado con las lluvias primaverales para dar durante el estío una muy buena cosecha. Vio que los monjes andaban muy atareados con la siega, al igual que algunos de los libertos y colonos de la aldea llamados a colaborar con los monjes en detrimento de su propia cosecha, quienes llevaban desde principios de junio dedicados a la recolección de todo tipo de variedades de legumbres tempranas y ahora se afanaban diariamente en hacer lo mismo con las propias de la estación.

Entre el laberinto de campos que se ofrecían a cualquier espectador situado en la sombra de aquel olivo, ahora repletos de monjes y novicios, vio corretear al abad mientras daba órdenes imperiosas aquí y allá. Tal era la vitalidad que se adivinaba a través de sus movimientos, que desde aquella distancia nadie habría asegurado que se tratara de un sexagenario. En las distancias cortas, el abad Lorenzo daba la apariencia de ser un anciano manso y enjuto que caminaba pausadamente; alguien a quien el paso de los años le hubiese otorgado el aplomo y la sabiduría propios de cualquier prior. Sin embargo, en sus labores cotidianas, derrochaba la energía acumulada en las horas obligadas de letargo que su cargo requería.

Cuando el abad llegó hasta la muchacha estaba sudoroso y jadeante, casi sin resuello debido al calor.

- ¿Ocurre algo malo niña?

Aunque su tono apremiante desvelaba más una afirmación que una pregunta. Elvira supo al instante que el culpable era su vestido ensangrentado.

- Esta sangre no es mía. –Se apresuró a tranquilizar al abad-. Es de Justa. Ha fallecido durante el parto de su hijo.

- ¡Válgame el cielo! – Dijo mientras se santiguaba- ¡Pobre niña! Si me lo permites, dispondré de inmediato todo lo necesario para las exequias.

- Gracias padre.

- Debe de haber supuesto un golpe muy duro para ti.

- Sí… supongo. Lo cierto es que todavía no me he hecho a la idea. Acaba de suceder y yo… tal vez lo único que necesite en estos momentos sea un poco del consuelo que no logro hallar por mí misma.

- por supuesto. ¿Quieres que nos sentemos a la sombra de aquellos arcos?

Atravesaron taciturnos el claustro hasta llegar a una zona en la que los arcos daban acceso a un pequeño porche sumido en una sempiterna penumbra, debido a lo cual la piedra del basamento de las columnas aparecía recubierta por una fina capa de musgo.

- ¿Has desayunado? –Inquirió paternalista el abad.

- No. He venido directamente aquí desde el molino.

Uno de los novicios, que siempre estaban pendientes del abad y que parecía meditar sobre el simbolismo de los relieves esculpidos en los capiteles de las columnas, se aproximó hasta ellos al ver la señal que éste terminaba de hacerle.

- Tráenos un poco de pan recién horneado y algo de leche fresca, por favor.

El muchacho, que era el mismo que había atendido a Elvira, asintió con un gesto y desapareció por uno de los arcos que conducían a la cocina.

- ¡No es justo! – Se lamentó Elvira-. Justa estaba tan ilusionada con su maternidad, que incluso me había contagiado a mí su entusiasmo.

- La muerte nunca es equitativa, niña y desafortunadamente nos ha visitado con demasiada frecuencia en el transcurso de este año.

Elvira consideró que el prior estaba en lo cierto. Desde el fallecimiento de su padre, ocho meses atrás, las muertes en la aldea se habían sucedido sin tregua.

- Mi padre con las primeras nieves; Ab-Draham, el esposo de Faiza; María, la esposa de Alvar; dos niños que todavía no habían cumplido su primer año de vida como consecuencia del crudo invierno y ahora Justa… y el monje al que coceó la mula en la cabeza unas semanas después de la Natividad de Nuestro Señor. Lo había olvidado.

- Un invierno frío y húmedo es beneficioso para la cosecha pero no para los niños ni para las personas débiles.

- Ramiro me contó antes de partir que durante el asedio a la ciudad de Toledo perecieron más soldados debido al frío que a manos de los infieles.

- Aquella plaza resultó ser más dura y difícil de lo que nuestro amado monarca había previsto.

- Sí, y eso que sus tropas eran superiores tanto en fuerza como en número.

El novicio se aproximó con las viandas. Elvira tomó del plato que le ofrecía una rebanada de pan caliente con queso y el vaso de leche recién ordeñada. Sonrió agradecida al muchacho, quien se alejó de allí visiblemente azorado.

- ¿Cuántos años tiene? –inquirió curiosa.

- Diecisiete. Lo dejaron al cuidado del monasterio la noche en que tú llegaste a este mundo. Sólo tenía una semana de vida, o al menos eso fue lo que me dijo la niña que me lo entregó. Al parecer su madre, una campesina que había enviudado recientemente, terminaba de poner fin a su vida arrojándose desde el promontorio.

- ¿Y cómo pudieron criarlo dentro del cenobio? No debió resultar nada fácil.

- Lo cierto es que no. –Reconoció el abad, sonriendo al rememorar los duros meses posteriores a su entrega-. En más de una ocasión pensamos que no sobreviviría para ver el alba. Sin embargo resultó ser un muchachito de una fortaleza sorprendente. Igual que tú.

- ¿Yo? No padre. Yo no comparto la misma opinión. A mí todo me produce temor.

- Sin embargo no has abandonado a Justa durante su agonía.

- No podía hacerlo. Ella era mi… hermana.

Una vez más necesitó enjugar sus lágrimas. Al hacerlo reparó de nuevo en su vestido y pensó que de no quitárselo en breve nunca se desharía de las salpicaduras de sangre.

- Tal vez debería marcharme ya. Necesito quitarme cuanto antes estas ropas.

- Sí, y también convendría que descansaras un poco. Pareces agotada.

- No creo que logre dormir, pero lo intentaré.

- Y yo tengo la obligación de acercarme hasta el molino para ofrecer mis respetos a los familiares de Justa y hablar sobre su entierro.

- Regresaré esta tarde.

- Hasta entonces pues, querida niña.