Xaro Cortés

Porque me gusta escribir.

EL SANADOR DE SALAMANCA


UNO

La pequeña despertó en la oscuridad.

Poniendo sumo cuidado para no alterar el sueño de su hermana mayor, que dormía en la misma alcoba, se deslizó hasta el dormitorio de sus padres y palpó con suavidad el lecho, tal y como acostumbraba desde su infancia, con la finalidad de que su madre le permitiera arrebujarse junto a ellos.

Logró, sin apenas esfuerzo, despertar a la mujer, acostumbrada desde hacía años a noches de desvelo por sus hijos. Al notar la presencia de su hija junto a ella preguntó somnolienta a la niña qué hacía allí.

- Quiero abrazaros antes de que os maten, madre.

- Nadie va a matarnos, mi niña. Ha sido un mal sueño, pero puedes abrazarme cuanto quieras.

Su padre rezongó sin despertarse cuando la pequeña Miriam se acostó entre ambos progenitores. Después de abrazarse a su madre, y más sosegada, volvió a conciliar el sueño en cuestión de minutos; y en semejante postura amanecieron madre e hija.


Mientras la madre cortaba en rebanadas una hogaza de pan para el desayuno entró en la pequeña cocina de la granja su marido, quien depositó en el pétreo suelo un pequeño cubo de leche de vaca recién ordeñada.

- ¿Qué hacía Miriam durmiendo con nosotros? -preguntó a su esposa.

- Tuvo un mal sueño y vino en busca de paz y consuelo.

- ¿No es un poco mayor para tener pesadillas? ¿Qué tiene ya, seis años?

- Siete – apostilló su mujer-. Todavía es pequeña y tiene miedo a los malos sueños.

- ¿Y puede saberse qué es lo que soñó? –preguntó sin ocultar su contrariedad.

- Al parecer nos vio morir.

- ¿A nosotros?

- Sí. A ti y a mí.

En el rostro de su esposo Abigail vio dibujarse un mohín de sorpresa.

- ¿Y por qué motivo mi hija pequeña de solo siete años sueña algo tan terrible?

La madre sonrió comprensiva.

- Está en una edad muy impresionable, David.

- Tú lo has dicho. Impresionable. Pero no tiene edad suficiente para ir inventando o imaginando algo tan atroz.

- No. Es cierto.

- Luego alguien debe de haber hablado delante de ella sobre muertes y otro tipo de desgracias.

La sonrisa se heló en los labios de su esposa.

- Fue Dana. Estuvo aquí ayer para hablar de la boda de nuestros hijos.

- ¿Y?

Ahora comenzaba a impacientarse. No era hombre de medias tintas ni gustaba de tener que extraer a su esposa cualquier información como si mullera a una vaca vieja.

- Estuvo relatándonos que, en su último viaje a Sevilla, cuando fue a comprar telas y abalorios para confeccionar el traje de novia de Raquel, presenció uno de los actos más usuales de la Inquisición: la muerte en la hoguera de un grupo de herejes.

- Faltaría saber si en verdad eran judaizantes o la invención de algún vecino envidioso que deseara su muerte –rezongó su esposo.

-Sí. Por desgracia no siempre se trata de verdaderos herejes. Pero nosotros estamos a salvo, David.

Su marido alzó los hombros con desdén.

- Que nosotros sepamos.

- Vamos a la iglesia cada dos días y en las fiestas de guardar, hacemos acto de contrición mediante la confesión de nuestros pecados, comulgamos y aceptamos la religión católica desde el día que aceptamos la conversión. Nuestros hijos siguen la doctrina cristiana y jamás hemos tenido problema alguno en la villa.

- Lo sé, pero Miriam es muy niña todavía para comprender y aceptar ciertas cosas.

- Reconozco que fue culpa mía. Debería de haberla mandado a jugar a su alcoba en lugar de permitir que escuchara a Dana relatar algo tan impactante como espantoso.

David asintió con gesto adusto.

- Debes de hablar con nuestra hija cuanto antes.

- Lo haré en cuanto despierte. Lo prometo.

- Por otra parte- continuó con su soliloquio-, tampoco tenemos bienes más allá de esta granja. Y la verdad, no creo que algo tan viejo y ruinoso pueda considerarse como un bien que ambicione la Inquisición.

- Haciendas más pequeñas y bienes de menor valor que nuestra granja han incautado, esposo.

- De todas formas, tranquiliza a nuestra hija pequeña, mujer. Sabes bien que no me gusta que los niños compartan nuestro lecho marital.

- No temas, David. Lo haré.

- Confío en ti, esposa mía. Ahora me marcho más tranquilo.

- ¿A dónde vas?

- Al mercado. Quiero vender el excedente de huevos antes de que se estropeen.

- ¿Tanto excedente tenemos?

-Tres docenas.

- No son muchas.

David movió negativamente la cabeza, tal y como acostumbraba a hacer cuando algo le molestaba o no era de su agrado.

- Necesitamos los cuartos, mujer. La boda de nuestro hijo va a costarnos más dinero del que disponemos ahora mismo. Además, prefiero venderlos antes de que se echen a perder.

- Tienes razón. Antes de que nos demos cuenta habrá llegado la primavera y después el verano y la boda.

- Estaré de regreso antes del atardecer.

- Ve con Dios, David, y abrígate porque hoy hace mucho frío –le dijo mientras abrochaba los botones del cuello del jubón de negra lana de oveja.

- ¡Vengo del establo, mujer! –rezongó su esposo-. ¡No necesito que me digas el frío que hace ahí fuera!

- De acuerdo, pero no olvides la capa, por favor.

Todavía podía la mujer escuchar el sonido de las ruedas de la carreta alejándose cuando los hijos mayores entraron en la cocina.

- Buenos días, madre.

- Buen día, Jacob. Buen día, Esther. ¿Cómo habéis amanecido hoy, hijos?

- Bien, madre. Gracias –respondió el hijo mayor del matrimonio.

- ¿Dónde está Miriam, madre? –quiso saber Esther.

- Durmiendo, en mi lecho. Al parecer tuvo un mal sueño y vino en mi busca.

- ¿La dejamos dormir?

- Sólo hasta que hayáis terminado de desayunar, hijos. Un poco de paz nunca viene mal.

Tanto Jacob como su hermana sonrieron ante el comentario de su madre. No podían estar más de acuerdo con ella porque la pequeña era parlanchina en exceso.

Abigail contempló satisfecha a Jacob mientras el muchacho engullía una rebanada de pan. A sus dieciocho años era ya todo un hombre. Sobrepasaba en altura a su padre y era mucho más vigoroso que éste a su misma edad.

Esther tenía ya dieciséis años y se estaba convirtiendo en una hermosa jovencita que pronto entraría en edad casadera. Un quebradero de cabeza para su pobre marido que todavía la veía como a su pequeña y para quien, por desgracia, en un año, dos a lo sumo, debería buscarle un buen esposo.

El matrimonio de Jacob estaba previsto para el día de San Juan, una fecha propicia y mágica para unos buenos esponsales por representar el inicio del verano, ser la noche más corta del año y el día más largo. Se casaba con Raquel, la hija de Dana y Fabián, infanzón del reino.

Dana era una buena mujer, pero demasiado aficionada a airear sus pensamientos. Hablaba demasiado y, por consiguiente, era indiscreta por naturaleza. A David aquella mujer parlanchina cual cotorra lo sacaba de sus casillas, pero guardaba las apariencias por el bien de su hijo y porque se trataba de una boda muy ventajosa dada la condición del padre de la prometida del muchacho.

Pese a que el título de infanzón no gozaba de gran prestigio entre la nobleza de sangre ni la de privilegio, los altos nobles no podían negar algo tan evidente como el hecho de que la baja nobleza también gozaba de bastante inmunidad con respecto al resto de la población. Máxime cuando se trataba de cristianos nuevos como era su caso y el de los padres de Raquel.

Fabián había luchado junto al rey Fernando en la guerra contra Francia cuando éste no era más que el príncipe de Aragón. El título de infanzón le fue dado como reconocimiento personal del monarca y como agradecimiento por su leal servicio, a pesar de su pasado judío y de ser un cristiano nuevo.

Lo más importante para Abigail era que no se trataba de una boda por conveniencia ni impuesta por los padres. El muchacho amaba a Raquel y era sinceramente correspondido por la doncella.

- Madre –Esther la sustrajo de su ensimismamiento.

- Dime, hija.

- ¿Qué haréis con la alcoba de mi hermano cuando se haya desposado?

- Todavía no lo sé. Es muy probable que pase a convertirse en la de tu hermana pequeña.

- Había supuesto que, como todavía es muy niña y tiene pesadillas a menudo… continuaría un par de años más junto a mí.

- Supongo que si se diera el caso vendría en mi busca, igual que ha hecho esta noche pasada. De cualquier manera, todavía faltan varios meses para tomar la decisión más acertada.

Como si hubiera escuchado que era el objeto de la conversación entre su madre y su hermana, la pequeña Miriam asomó por la puerta de la cocina.

- Buen día, madre.

- Hola, miedosa –se burló su hermana acariciándole el rostro.

- Esther, deja de meterte con ella. No es propio de una hermana mayor –la corrigió su madre.

- No soy una miedosa –se defendió la niña-. Mamá y papá morirán pronto. Yo sólo quería pasar más rato con ellos antes de que los maten.

Su madre la cogió en brazos.

- Miriam, cariño. Ni a tu padre ni a mí va a sucedernos nada malo. Sólo fue una pesadilla. Un mal sueño, mi bien.

- ¡No es cierto! –Enfatizó la niña-. Vendrán hombres con hábito blanco y capucha negra y se os llevarán a padre y a vos. Os harán mucho daño y después os quemarán vivos en una hoguera como la que relató la tía Dana.

- ¿Dana? –repitió, extrañado, Jacob-. ¿Qué tiene que ver la madre de Raquel en el mal sueño de Miriam?

- El otro día vino a visitarme, para hablar del casamiento, y me relató con pelos y señales el ajusticiamiento de unos herejes que estuvo presenciando en la ciudad de Sevilla.

- Nosotros somos cristianos, madre. No practicamos la herejía.

- Lo sé, pero la niña lo escuchó todo y a su edad la imaginación se desborda por cualquier tontería.

- A los hombres sin pelo en el cogote no les importará si somos cristianos o no, madre. Os matarán igualmente.

- ¿Ahora llevan tonsura? –preguntó su hermana, divertida- ¿Cuál es el atuendo de verdad de semejantes monstruos, Miriam?

- Ambas cosas son ciertas y los hombres malos no son más monstruos que tú o yo. Son personas.

- Creo que ya he escuchado suficiente, madre –gruñó Jacob-. Me voy al establo donde tengo varias vacas que alimentar.

- Abrígate, hijo. Hace una mañana muy fría.

- Gracias, madre. Cogeré ropa de abrigo.

- ¿Dónde está padre, madre?

- Ha salido a vender los excedentes de huevos, Esther.

- Podía haber aguardado. Yo le hubiera ayudado encantada en el mercado.

Abigail sonrió con complicidad a su hija.

- Yo también supongo que contigo los hubiera vendido mucho más rápido.

Respondió distraída mientras llenaba un cuenco con leche para su hija pequeña.

- No es culpa mía si gusto a los hombres – se quejó la muchacha.

- Lo sé, hija. Pero tu padre no ve con tan buenos ojos esa cualidad. Para él siempre serás su niña bonita.

- Pronto tendréis que buscarme un marido adecuado para mí.

La madre movió la mano como si espantara una mosca.

- Déjanos primero casar a tu hermano que tiempo habrá para buscarte marido. Por el momento ayúdame con la colada, Esther.