Xaro Cortés

Porque me gusta escribir.

Avistamiento onvi


Capítulo uno

En el mes de octubre del año 1985 una noticia comenzó a bombardear sistemáticamente a la opinión pública creando una gran expectación: el famoso cometa que Edmund Halley descubriese en el año 1682, y que por tanto lleva su nombre, regresaba a las cercanías de nuestro planeta puntual a su cita periódica de 76 años.

De todos los cometas contemplados por el hombre el más famoso, sin duda alguna, es el Halley. No es que sea el mayor o el más brillante.

Tampoco es el que aparece con más frecuencia, pero es fácilmente identificable desde el siglo XVIII.

La expectación se debía a la gran sorpresa que el cometa había dado en el momento de lo que los expertos denominaban “el encendido” y que no es otra cosa que el estallido de sublimación del hielo cuando el cometa se encuentra a 225 millones de Km. del Sol. Es en ese momento cuando el cometa desarrolla su cabellera, de la que después sale la cola.

El encendido del Halley resultó ser espectacular y en el transcurso de dos semanas pasó de no ser visible salvo con telescopios muy potentes a poder verse con telescopios más modestos. Todo esto significaba que el cometa iba a ser más brillante de lo que en un principio calcularon los astrónomos.

Por aquel entonces yo tenía dieciséis años y cursaba primero de bachiller en un instituto público de mi localidad. No terminaba de comprender el porqué un cometa podía causar tanto revuelo, ni tan siquiera sabía bien lo que era un cometa. Toda la información que poseía acerca del firmamento era la que había estudiado el curso anterior, y no era muy extensa precisamente.

A partir de enero de 1986, raro era el día en que no aparecieran noticias sobre el Halley en cualquier medio de comunicación. Tal era el revuelo causado que terminó por convertirse en tema de conversación habitual en cualquier parte.

Dio la casualidad de que mi profesor de biología de aquel año, Julio, un muchacho de veinte y pocos años que había terminado recientemente la carrera de biología, bastante simpático – y muy atractivo a los ojos de mis compañeras de aula- y que además sabía conectar a la perfección con los chicos y chicas de mi edad, - lo cual no resultaba fácil a la gran mayoría del profesorado-, era también un gran aficionado a la astronomía. Razón por la cual la mayor parte de las clases que impartía, giraban en torno al afamado cometa.

Transcurría el mes de enero y se aguardaba con impaciencia el regreso visual del Halley tras su paso por el perihelio, fase en la que el cometa se acerca más al sol, previsto para el día nueve de febrero.

Durante la clase de biología de esa jornada, Fidel, uno de mis compañeros de curso, sacó a relucir el tema.

-Julio ¿es verdad que el Halley será visible a partir del día 9 de febrero?

-No exactamente. Su reaparición, como sabréis todos, está prevista para esa fecha pero no será visible desde España hasta principios de marzo.

-¿Por qué?- quiso saber entonces Víctor, otro de mis compañeros de curso y mi mejor amigo-. Quiero decir que si reaparece el mes próximo debería poder verse.

-En teoría sí, pero en ese momento el cometa estará a la máxima distancia de nosotros, tan alejado que no es posible divisarlo desde la tierra.

-¿En el hemisferio austral tampoco?

-No, Miriam –respondió Julio- el 9 de febrero sólo podrán verlo los habitantes de Venus.

-Suponiendo que en Venus hubiera vida claro.

Todos rieron la ocurrencia de Cristina, hermana gemela de Víctor y una de las mejores alumnas del curso.

- Y si en Venus no estuviera siempre nublado – replicó el profesor-, pero Miriam no iba mal encaminada.

-¿Y eso? – pregunté yo intrigado-.

-Por desgracia los habitantes del hemisferio Sur tendrán mayor ventaja que los del norte cuando el cometa alcance su imagen más espectacular.

-¿Entonces nosotros no podremos verlo?

-Si viviésemos en Londres o Hamburgo no. Cristina; pero desde nuestro país podremos seguir todas o casi todas sus evoluciones entre marzo y abril.

En ese preciso instante retumbó por todo el instituto el sonido del timbre que anunciaba el final de la clase.

Dos días más tarde acompañé a mi madre al hipermercado al que acudía cada sábado para realizar la compra semanal. Mientras ella aguardaba paciente a que llegase su turno de pedir en la carnicería del establecimiento, yo me dirigí hacia la sección de librería y papelería, con la intención de hojear algún libro que se me antojase lo bastante atractivo para matar el rato de espera.

De entre el centenar de volúmenes que allí se exponían, uno en concreto atrajo mi atención; su título era: “La ruta del cometa Halley”. Como su precio no me pareció excesivo, decidí cogerlo y mostrárselo a mamá.

Al llegar a la zona de los mostradores la divisé de pie, escrutando al gentío con las manos puestas en el carro de la compra. Había finalizado su compra y me buscaba inquieta.

-Mamá – la llamé al tiempo que agitaba el brazo.

-¿Dónde te habías metido? –me riñó en cuanto estuve lo bastante cerca de ella- Me has dado un buen susto hijo.

-Lo siento – me disculpé-; pensé que ibas a tardar más, y ya sabes que me aburre tener que esperar a que nos llegue el turno.

-Sí, pero al menos podías haberme dicho que te marchabas y a qué zona. ¿Qué es eso Ernesto?

Había reparado en el libro que sostenía en mi mano derecha.

-Un libro.

-Eso ya lo veo. ¿De qué trata?

-Del cometa Halley.

Mamá frunció el ceño, resultaba evidente que le desagradaba la difusión que suscitaba el tema.

-¿Tú también hijo? desde hace meses no escucho hablar de otra cosa; comienzo a estar algo cansada del cometa.

Entonces yo le expliqué que Julio era aficionado a la astronomía y que en varias ocasiones habíamos hablado del cometa durante las clases. Aduje que me intrigaba todo lo referente al cielo en general y a los cometas en particular y le pedí que me comprara aquel libro.

En un principio mamá se opuso alegando, con razón, que probablemente aquel sería un gasto inútil, ya que nunca antes había mostrado el más mínimo interés por la lectura y que, con toda probabilidad, aquel ejemplar pasaría a engrosar la larga pila de libros que ya poblaban las estanterías de mi dormitorio y que sólo tocaba cuando limpiaba el polvo que se había depositado en ellos.

Ante mi insistencia, a mamá no le quedó más remedio que acceder finalmente a mi petición. No sin antes advertirme que descontaría el precio del libro de mi paga semanal, a lo que consentí gustoso.