Xaro Cortés

Porque me gusta escribir.

Terror en el campamento


Capítulo uno

Robert Stephenson Smith Baden Powell fue el precursor de unas ideas basadas en el amor por la naturaleza, el sacrificio y el esfuerzo de superación personal a lo largo de toda la vida.

Baden Powell estaba convencido de que fomentando desde la infancia esas ideas, cuando el individuo llegase a la madurez sería capaz de poder contemplar la vida y a sus semejantes con respeto y honestidad.

Esas ideas comenzaron a dar sus frutos cuando, en 1907 y una vez concluida la guerra contra los Boers, fundó un movimiento juvenil bajo el nombre de “Escultismo”, más conocido como Boy Scouts. De hecho, el escultismo en sí tuvo su inicio durante el periodo que permaneció sitiada la ciudad sudafricana de Mafeking, en la que Baden Powell había llegado con la intención de reclutar y entrenar un contingente con el fin de que los muchachos alistados colaborasen con el imperio británico.

El estallido de la guerra contra los Boers había sorprendido al coronel recién llegado a la ciudad, viéndose obligado a defenderla y protegerla de un asedio que duró doscientos diecisiete días con sus noches.

Para la defensa de la ciudad, Baden Powell entrenó a un millar de muchachos, entre voluntarios británicos y nativos; fortificó las defensas mediante murallas; fabricó bombas y granadas con botellas y botes llenos de dinamita y escavó trincheras alrededor de las murallas.

Consciente de su inferioridad numérica, ideó una serie de artimañas para engañar al enemigo y hacerle creer que se enfrentaba a un número mayor de combatientes, usando para el caso un gran número de maniquíes que apostaba en los lugares menos estratégicos.

Basándose en el concepto de que la mejor defensa es el ataque, Robert Baden Powell golpeaba al enemigo cada vez que podía, con el escaso material con que contaba. En ese ambiente, en que todos los hombres eran necesarios para la defensa de la ciudad, el coronel reunió un cuerpo de cadetes al cual uniformó y adiestró en la importante tarea de llevar los mensajes y órdenes; los apostó como centinelas; les dio la ocupación de ayudar en la distribución de alimentos y medicinas. Con esto pudo ocupar en la batalla a los hombres que se encargaban de cumplir las funciones que entrañaban un verdadero peligro. Con gran coraje y responsabilidad, incluso bajo fuego enemigo en sus bicicletas, este grupo de cadetes sorteaba los inconvenientes y cumplía diligentemente con lo ordenado.

Baden Powell llegó a la conclusión de que cuando a un joven se le da una responsabilidad pone mucho empeño en cumplirla. Este razonamiento fue el principio del movimiento Scout. Un movimiento que no ha cayó en el olvido con el transcurrir de los años, sino más bien al contrario; el Escultismo continúa siendo el modo de vida más extendido para millares de jóvenes en todo el mundo, que ven en él la forma más pura y perfecta de proximidad a la naturaleza.

La estructura interna de todo grupo Scout se compone de las ramas de Manada, Tropa, Tropa Esculta y Clan; distintas etapas de enseñanza establecidas según la edad del niño o muchacho.

La culminación de un largo año viviendo el escultismo es el campamento estival. Acostumbra esta actividad lúdica a ocupar la primera quincena de agosto, en ocasiones con alguna pequeña variación.

Aquel primer día del mes de agosto el grupo Scout al cual yo pertenecía desde los seis años se disponía a comenzar el campamento, al igual que otros muchos grupos. Sin embargo, el de aquel verano de mil novecientos ochenta, cuando todavía no existían los teléfonos móviles, los ordenadores personales, las consolas de videojuegos, ni ninguna otra de las múltiples invenciones tecnológicas que ahora nos hacen la vida mucho más fácil, nos iba a deparar más de una desagradable sorpresa.

Tal vez ahora, tratar de explicar que en las postrimerías del siglo pasado ir de campamento significaba un aislamiento total y completo del resto del mundo, tanto para los niños como para los adultos encargados de nuestro bienestar y cuidado.

Mi nombre es Elena y por aquel entonces era una jovencita de quince años que formaba parte de la sección denominada “Tropa”. El que se avecinaba iba a ser mi último campamento como “tropera” porque en octubre, nada más iniciarse la “Ronda Solar”, pasaría a engrosar el número de los chicos y chicas de la “Tropa Esculta”.

Si echaba la vista atrás no podía dejar de sentir una insana vanagloria al percatarme de mi evolución personal dentro del escultismo, pues había entrado siendo una mocosa de nueve años a quien la sola idea de permanecer separada de sus padres, aunque sólo fuera por unas horas, la aterraba y ahora, seis años después me había convertido en una adolescente segura de sí misma y que disfrutaba extraordinariamente al saberse lejos de la salvaguardia paterna.

Hasta la fecha estaba yo más que acostumbrada a pasar inadvertida para mis compañeros de grupo. En realidad no se fijaban demasiado en mi presencia, pero yo no daba excesiva importancia a aquella situación. Ciertamente prefería que me ignorasen a la molesta popularidad de la que gozaba alguna de mis alocadas amigas, las cuales tenían la cabeza más ocupada en el chico del momento que en sus estudios. Pero durante aquellos quince días de agosto y en un recóndito lugar de la sierra turolense sucedió algo siniestro con lo que nadie contaba y, por una extraña jugada del azar y muy a mi pesar, me convertí en la heroína del grupo. Aunque debo de reconocer que aquella hazaña casi me cuesta la vida.

* * *

Me había despertado antes de las siete de la mañana con la intención de prepararme bien para la partida. Ya estaba vestida con el uniforme cuando mi madre irrumpió en el dormitorio, que en aquel momento estaba tan desordenado que parecía haber sido presa de un ladrón nocturno, con visible cara de preocupación.

- Buenos días, Elena.

- ¡Hola, mamá! Ya estoy lista.

- Nena, por favor, ¡hazme caso aunque sólo sea una vez en tu vida!

- ¿Todavía estás dándole vueltas a lo mismo?

El hecho de que mi madre, acostumbrada como estaba a verme partir cada primero de agosto hacia un remoto lugar de la geografía peninsular, llevara tres largos y tediosos meses empeñada en que ese año no era conveniente que yo asistiera al campamento, me tenía más que harta. Y lo peor de todo era que basaba su oposición en algo tan científico como el hecho de haber sufrido una horrible pesadilla allá por el mes de mayo, y en la cual, según había repetido la pobre mujer hasta la saciedad, había visto como alguien me clavaba un cuchillo de cocina mientras yo dormía en mi tienda de campaña.

- En esta ocasión tengo un mal presentimiento y sabes de sobra que mi intuición nunca me ha fallado.

- Mami, cuidado con lo que dices. No me gustaría que terminaras en la hoguera.

- ¡Por favor, hija, no te burles!

- ¿Y qué quieres que haga? Recuerda que con éste ya serán cinco los campamentos a los que he asistido.

- Por última vez te digo que...

- No va a ocurrirme nada, mamá. Conoces desde hace años a todos y cada uno de mis compañeros. Sales a cenar con la mayoría de sus padres. Hace años que María nos acompaña. La hija de tu propia hermana estará conmigo.

- Lo sé cariño. No tengo ningún motivo para sentir desconfianza.

- ¿Entonces, qué es lo que te da tan mala espina? ¿Por qué no creerás de verdad que alguien pueda llegar hasta nosotros y asesinarme en plena noche?

- No, claro que no. Pero estoy convencida de que el sueño me indica que algo no va a ir bien este año.

- Tal vez se deba a que no te gusta la idea de que hayan quitado el día de visita paterna.

- No sé, Elena.

- ¿No sabes qué? –Inquirió mi padre apoyado en el quicio de la puerta.

- Nada, que a mamá no le gusta que hayan quitado el día de padres.

- Bueno –dijo él dando un fuerte apretón a mi madre-. Tampoco se marcha para siempre y tienes el resto del año para disfrutar de su compañía.

- ¡Está bien! –Cedió mamá, condescendiente- Coge tu mochila o llegaremos tarde al autobús.

Eché un último vistazo a mi dormitorio, en el que reinaba el mismo caos absoluto de todos los años, y reparé en la mullida y confortable cama. Tras un atisbo de nostalgia finalmente me decanté, como hacía cada año, por dormir en el interior de una tienda de campaña y en comunión con la naturaleza durante una quincena a la comodidad que ofrecía aquel blando lecho.

Tras introducir la mochila en el maletero del auto de mi padre emprendimos camino hacia la estación de autobuses. El lugar escogido para el campamento de ese año estaba situado en la fuente “Matahombres”, un precioso lugar situado en los montes de la Sierra Camarena, en Teruel.

* * *

La primera cara amiga que vi nada más llegar a la estación fue la de mi amiga Ana saludándome alegremente.

- Hola Elena, ¿cómo estás?

- ¡Bien, hola Ana!

- ¿Has madrugado mucho?

- Más bien diría que la emoción no me ha dejado dormir. Cada año me pasa lo mismo.

- Y a mí. Llevo ya ¿cuántos? ¿Seis campamentos? Pues cada uno de agosto tengo la sensación de que es el primero al que asisto.

- Sí. Tal parece que la sed de aventuras no decae.

- ¡Mira, ahí está Julia!

Y, haciendo caso omiso a nuestros respectivos padres, ambas nos dirigimos hacia el lugar en que se encontraba nuestra guía, calificativo que se atribuye a la persona de mayor responsabilidad dentro de la patrulla.

Julia parecía estar algo despistada, lo cual no era extraño en ella. Poseedora de un carácter dulce y tranquilo, era difícil que mi guía se alterase por ningún motivo; de hecho y no recordaba haberla visto exacerbada en toda mi vida, y eso que nos hicimos amigas desde el mismo día en que nos conocimos. Julia nos sonrió a Ana y a mí en cuanto llegamos a su altura, se la veía feliz de poder contar desde el primer momento con dos de sus patrulleras.

Uno a uno fueron llegando a la estación todos los miembros del grupo, incluidos los pequeños miembros de Manada, tan graciosos con sus gorritas de fieltro azul ribeteadas con hilo amarillo. Iban de la mano de sus padres, temerosos ante la inminente separación y excitados ante la aventura que se abría ante ellos. Apenas sí les prestamos atención mis amigas y yo, más centradas en saludar a los distintos miembros de la tropa que iban llegando.

Después de veinte minutos ininterrumpidos de saludos, el jefe de tropa, Miguel, comenzó a hacer sonar su silbato y todos sin excepción se colocaron en formación.

- Hola, -nos saludó- ¿ya estamos todos?

- Sí –dijeron algunos muchachos.

Pese a las afirmaciones Miguel nos contó dos veces. Tras cerciorarse de que así era continuó con su discurso.

- Debo advertiros que durante este campamento seré vuestro único Scouter, de manera que procurad ser buenos conmigo.

Paco levantó la mano pidiendo permiso para hablar. Formulando su pregunta respondiendo a un gesto afirmativo por parte de Miguel.

- ¿Y no te ayudará nadie?

- Supongo que los Escultas me podrán echar una mano porque tampoco viene nadie de Clan. Todos tienen exámenes pendientes para septiembre.

- ¿Y dónde están los Escultas? –Quiso saber Rafa.

- Llegarán al campamento en unos días. Les era imposible partir hoy con el resto.

Miguel nos miraba atónico, como si no llegase a adivinar si los suspiros de satisfacción que escuchó se debían al hecho de que iba a necesitar la ayuda de la Tropa Esculta o porque éstos iban a demorarse unos días. De hecho él no era nuestro jefe de Tropa habitual, sino un miembro del Clan, de apenas dieciocho años, a quien el jefe de grupo había designado como jefe de tropa provisional durante el campamento al no encontrar a nadie mejor cualificado para ostentar el cargo.

En aquel momento no fui consciente de ello; pero después del tiempo transcurrido y reparando ahora en los detalles y los acontecimientos, considero que desde el principio se dieron un cúmulo demasiado grande de adversidades.

- Veamos. Como sois pocos este campamento formaremos dos patrullas, una de chicas y otra de chicos.

Aquella noticia provocó más de un comentario entre los allí reunidos. Todos hablábamos a un tiempo. Expresábamos nuestro descontento ante la idea de fusionar las patrullas, algo inaudito hasta aquel momento. El problema no radicaba en que hubiera enfrentamientos entre nosotros, o entre las patrullas. Lo que nos intrigaba y mucho era que los cuatro guías y sub guías de las cuatro patrullas que conformaba la Tropa sí iban a asistir al campamento. Lo que suponía un cambio sustancial para cuatro de ellos.

Ignorando los rumores, Miguel continuó con su exposición por espacio de diez minutos más. Desvelando algunas de las incógnitas de todo campamento, tales como que los encargados de la cocina y de aprovisionar diariamente a la cocina de alimentos perecederos serían ese año los padres de mi compañera Carmen, los cuales ya habían partido hacia el lugar en su coche particular; o que la enfermera sería, una vez más, María, la madre de Julia.

Al término de la charla nos indicó a todos que nos despidiéramos de nuestros padres, a los que no volveríamos a ver hasta quince días más tarde.

Todos obedecimos al punto. Se suponía que ya no éramos tan niños como los de la manada pero aun así a la mayoría se nos escaparon unas lágrimas al separarnos de nuestros progenitores. Yo, advirtiendo que mi madre todavía no estaba muy convencida de mi partida, me apresuré a tranquilizarla.

- Estaré bien, ya lo verás.

- Todos los campamentos enfermas- alegó ella compungida.

- Y todos sobrevivo.

- ¿Y si en esta ocasión te pones peor? Recuerda que suelo acertar en mis intuiciones. Es posible que mi intuición me haya avisado de ello…

- ¡Está bien! – la corté en seco-. Te diré lo que haremos. Prometo escribirte una carta diaria contándote como estoy. Si ves que me pongo peor o no recibes noticias mías en dos días consecutivos ven a buscarme lo antes posible. ¿Conforme?

- Sí. Ahora me quedo más tranquila.

Besé a mis padres y me despedí de ellos, procurando no caer en un innecesario sentimentalismo que diera pie a mi madre a zanjar su miedo prohibiéndome partir, antes de subir al autobús.