Xaro Cortés

Porque me gusta escribir.

EL CRIOLLO DE SIERRA MORENA


Primero

23 de marzo de 1766


Pablo de Olavide recorría presuroso los espaciosos corredores del palacio del rey Carlos, el tercero de su nombre que gobernaba España y sus dominios.

Iba dejando tras de sí incontables salones, salas y antesalas, a cuál más esplendorosa, en su laberíntico caminar. Conocía perfectamente bien el recorrido que conducía a las dependencias privadas del ministro de la Hacienda Real, pero aquella tarde el trayecto se le estaba haciendo interminable.

Llevaba caminando sin detenerse desde Lavapiés y, mientras anduvía por palacio, Olavide recapacitaba en lo extraña que en ocasiones resultaba la vida y lo rápido que podía cambiar la suerte de un hombre en cuestión de horas.

Olavide era un hombre curtido y entrado ya en la cuarta década de su vida. Un hombre que había vivido en varias ciudades europeas tras abandonar su Lima natal y que en alguna de ellas había tenido el infortunio de presenciar catástrofes con la impotencia que conlleva saber que no se puede luchar contra las fuerzas de la naturaleza, ni contra hombres descontrolados, como para haber aprendido una importante lección de vida: que la misma persona que despertaba en la cúspide podía terminar ese mismo día conciliando el sueño en la mazmorra más fría y olvidada del mundo o, lo que era peor, en el fondo de algún río o ajusticiado a garrote vil.

Él mismo había sufrido en carne propia cuán caprichosa podía ser la diosa fortuna cuando apenas había comenzado a experimentar los placeres y sinsabores que depara el destino a todo mortal.

Su vida, tal y como siempre la había conocido, cambió de manera radical tras el terremoto de Lima, su ciudad natal, cuando faltaban menos de dos meses para la fecha de su vigésimo primer cumpleaños.

Un desastre sin parangón que Olavide había dudado en utilizar en beneficio propio, dado que se dedicó los meses siguientes a abusar del cargo que desempeñaba en la administración limeña y a lucrarse a costa de cientos de vidas humanas truncadas.

Hasta que la suerte le dio la espalda y salieron a la luz pública ciertos documentos incriminatorios que, junto al testimonio de varias viudas y otros tantos huérfanos, fueron el detonante para que a Olavide le estallara su falta de integridad en la cara; faltas graves que le supusieron un precipitado abandono de su Perú natal y el consiguiente traslado a la Patria Madre en pos de la seguridad y la libertad que se le negaba en su país.

La falta de escrúpulos demostrada entonces suponía aún una carga excesiva en su alma. Lo consideraba un hecho tan denigrante que una sola vida no bastaba para arrepentirse de aquel error de juventud.

Ciertamente, en el día presente y desde que, a primera hora de la tarde, había estallado el motín del pueblo llano, el caos que había observado en las calles madrileñas lo había hecho retroceder a aquel aciago día en más de una ocasión.

También entre la persona de Esquilache, a quien siquiera tenía el gusto de conocer en persona, y la suya propia había hallado más de un paralelismo. Ambos habían abusado del poder que se les había concedido y, con ello, traicionado la confianza depositada en sus personas.

Aunque, si bien era cierto que cuando él había cometido su falta era un joven alocado, petulante y altanero a quien la vida todavía no había doblegado un ápice, el marqués estaba ya en su séptima década de años vividos y, por ende, se suponía que debía de ser un hombre curtido en mil batallas y dotado del raciocinio que aportaba la senectud.

De su persona podía aseverarse que había actuado inconscientemente y sin considerar las consecuencias que acarrearían su egoísta proceder, dada su juventud e inexperiencia, aunque no estuviera de acuerdo en ser tratado con tamaña condescendencia. Sin embargo, pensaba a Esquilache no debía medírsele por los mismos parámetros en el ocaso de su vida.

En su agitado caminar apenas sí aminoró su carrera para corresponder al educado saludo del secretario que salió de uno de los despachos de alguien influyente en palacio, pero de quien en ese momento no recordaba ni el nombre ni su cargo ministerial.

Olavide había sido llamado a la Corte con el máximo apremio posible. El conde de Campomanes requería su presencia en el improvisado gabinete de crisis convocado con premura para solucionar el alzamiento de la clase popular contra el marqués de Esquilache, Primer Ministro del rey.

Numerosos granjeros harapientos ya habían tomado la plaza de la armería cuando él consiguió acceder a la zona del palacio después de haber tenido que luchar contra corriente para avanzar entre el gentío de las diferentes calles que había recorrido a pie.

Había sido una decisión acertada la de ir caminando hasta el Palacio Real, pues en todas las calles se había repetido la misma escena: los exaltados volcaban cuantas calesas y carruajes encontraban a su paso impidiendo antes la salida de sus pasajeros.

En su locura, los amotinados que avanzaban a gritos de: “viva el rey”, “viva España” o “muerte a Esquilache”, no hacían distinción alguna entre hombres acaudalados o médicos que utilizaban ese medio de transporte para acudir sin demora a la llamada de un accidente grave en una calle situada a la otra punta de la ciudad; ni siquiera reparaban en el hecho de que, entre los pasajeros de las calesas, hubiera mujeres con niños indefensos a su cargo.

Olavide recordó con cierta pesadumbre que el motín había comenzado unas horas antes cuando un embozado, con capa larga y chambergo, se había plantado frente al cuartelillo de Inválidos, en plena plazuela de Antón Martín. Un osado que, con su indumentaria, desafiaba la prohibición expresa del ministro Esquilache de vestir de semejante modo.

Según le había informado uno de los alguaciles encargados de cortar las capas largas, un hombre cabal y bonachón, viudo y con diez hijos a su cargo que respondía al nombre de José, él había sido el encargado de dar el alto al desconocido apercibiéndolo de que, en el supuesto de no obedecer la orden dada, sería llevado preso al interior. Sin embargo, había continuado José con su detallada información, el desconocido, en lugar de amilanarse, extrajo sin mediar palabra una espada del interior de la capa larga que portaba, avisando con su acción a un nutrido grupo de insurrectos. A este primer grupo de exaltados no habían tardado en unirse varios transeúntes de manera espontánea.

La virulencia con que hombres armados con horcas, garrotes y ramas arrancadas de los árboles que hallaban a su paso atacaron el cuartelillo obligó a los agentes del orden a huir del mismo, de manera que pudieron coger cuantos sables, pistolas y fusiles había en el recinto.

Olavide había interceptado a José cuando iba en pos de una indumentaria que llamase menos la atención de los amotinados y apenas había logrado detenerlo el tiempo suficiente para intercambiar la poca información de que disponía.

La calle de Atocha había sido la primera en presenciar el desfile armado de los sublevados, a los que se iban sumando más descontentos en cada una de las calles, plazas o recodos por las que marchaban.

Mientras se dirigía a palacio, a Olavide le había tocado ser testigo impotente de lo acontecido en la plazuela del Ángel donde un desconocido, que se encontraba dentro de una berlina, entregaba a quien parecía ser uno de los cabecillas, ataviado con capa y chambergo, un panfleto con las instrucciones que debían de seguir los amotinados a partir de entonces y el modo de comportarse de cara a una posible guerrilla con las fuerzas del orden o en el supuesto de ser apresados.

De todo lo que él no había presenciado en primera persona lo había puesto al corriente el mismísimo duque de Medinaceli, caballerizo real, tras haberlo auxiliado después de que su coche, una berlina tirada por dos caballos que piafaban asustados, hubiera sido volcada en plena calle Atocha y mientras acompañaba al pobre hombre hasta un lugar seguro donde pudieran curarle una brecha de la cabeza que sangraba abundantemente.

El mismo Luis Fernández de Astorga era la persona que le había explicado lo ocurrido con su coche y que el brutal asalto había tenido lugar justo cuando se disponía a reunirse con él tras dejar al rey a buen recaudo en el palacio. Después de entregarle la misiva de Campomanes le urgió a no perder su valioso tiempo auxiliando a nadie más, por amigo que fuera, porque su rey y su país lo necesitaban más en aquellos momentos.

Mientras avanzaba por las caóticas calles en las que todos gritaban y corrían cual gallinas sin cabeza llegó a sus oídos la noticia de que el mismísimo duque de Medinaceli, a quien había dejado a buen recaudo en el palacete del duque de Arcos, acompañado por su anfitrión habían llevado a cabo un último intento para evitar el motín. Ambos nobles confiaron en que su buena fama entre el pueblo sería el mejor revulsivo para ser escuchados por los amotinados. Por descontado, fracasaron estrepitosamente.

Nada detenía a los enfervorecidos amotinados.

En su afán por hacerse escuchar habían asaltado la casa de Esquilache sin piedad, matando a los sirvientes al no hallar ni al ministro ni a su familia. y tan sólo habían podido llevarse la comida de la despensa, pues las joyas y el dinero ya habían sido puestas a buen recaudo en el colegio de las Niñas de Leganés.

Cuando Olavide se disponía a entrar en palacio supo que los exaltados se dirigían a las viviendas de los otros dos ministros napolitanos del rey: Grimaldi y Sabatini.

Personalmente, Olavide no simpatizaba con el “mimado del rey”, como era conocido entre las altas esferas el marqués de Esquilache, ni con sus maneras despóticas de imponer sus criterios y leyes. No podía decirse que envidiara su suerte, del modo en que sí lo hacían el marqués de la Ensenada quien consideraba que Esquilache lo había desplazado en la Corte y arrebatado el favor real que le correspondía por derecho propio. En realidad, esta afirmación era incierta en su mayor parte porque Zenón de Somodevilla había sido uno de los ministros principales en tiempos de los anteriores reyes de España y gozado de los mayores favores reales con el primer Borbón, el padre del actual monarca, hasta caer en desgracia y ser expulsado de la Corte. Ostracismo del que había sido liberado por el rey Carlos. Sin embargo, estaba molesto porque, y aunque había regresado a España y vivía en la Corte, no desempeñaba cargo de poder alguno ni lo haría jamás, y Zenón de Ensenada consentía en ello sabedor que era mejor suerte la que disfrutaba ahora que el destierro en un estado vecino donde no era más que un extranjero sin derechos.

Tampoco podía decirse de él que estuviera disconforme con todas las reformas emprendidas por el ministro pues, en su opinión, habían mejorado la seguridad y la salubridad de las calles. Sin embargo, el bueno de Zenón estaba disconforme con que el pago de todas y cada una de estas medidas de mejora recayera, de forma directa o indirecta, en las clases menos favorecidas de la sociedad. Así, mientras las calles gozaban de iluminación nocturna, muchos pobres vivían sin una triste luz que iluminase sus hogares, bastante precarios de por sí, al no poder pagar ni el aceite ni las velas de sebo desde su encarecimiento. Un sobreprecio que se debía a la especulación oculta tras la voluminosa demanda de ambos productos, según defendía el marqués de la Ensenada.

La remembranza de todos los problemas y disturbios acontecidos en la ciudad en las últimas semanas llevó a Pablo de Olavide a la conclusión de que el amotinamiento no se debía tanto a las imposiciones absolutistas ni a la falta de diplomacia de Esquilache como a la carestía que venía padeciendo el pueblo en los últimos meses. Una carencia más acusada desde que las cosechas se habían malogrado en el último año y el consiguiente aumento de los precios.

- Buenos días -saludó cortés al entrar en el despacho de Campomanes.

No le sorprendió en absoluto ver a las personas y ministros reunidos en el amplio despacho. La mayoría de ellos pertenecían al Consejo de Ministros encabezado por el propio Esquilache, ausente en aquel momento.

Junto a Campomanes se encontraban el marqués de la Ensenada, Miguel de Múzquiz y Goyeneche, duque de Gausa y Jerónimo Grimaldi, uno de los tres hombres de confianza de su majestad el rey Carlos. La presencia de este último le resultó innecesaria y fuera de lugar en un principio, aunque de inmediato lo ubicó en la reunión en calidad de representante del rey, puesto que el napolitano ostentaba el cargo de Secretario de Estado.

Todos ellos sostenían una copa en la mano, aunque tan sólo Múzquiz y Grimaldi fumaban sendos puros importados de La Habana. Olavide rogó porque el líquido ambarino que llenaba los recipientes fuera el exquisito coñac francés de las bodegas reales y que tan sólo había tenido ocasión de degustar en una anterior ocasión.

El criollo confesaba haberse aficionado al coñac francés durante su estancia en Les Délices, la vivienda de Voltaire y uno de los hombres a quienes él más admiraba.

El ilustre Pedro de Campomanes se adelantó a sus contertulios tan pronto como divisó a Olavide, a quién tenía en alta estima y consideraba un hombre extremadamente juicioso.

Era el conde un hombre chapado a la antigua. Discreto en su vida y en sus atuendos. Muy religioso y ya entrado en años, aunque no por ello había perdido esa chispa de altanería propia de la aristocracia.

- Estimado amigo, adelante, pasad y tomad una copa de coñac -le iba diciendo a un desconcertado Olavide mientras lo acompañaba al rincón de la sala en la que destacaba una pequeña mesa redonda con varias sillas a su alrededor. Tres de ellas estaban ocupadas mientras las otras cuatro quedaban aún a la espera de serlo.

- No quisiera interrumpir vuestra charla, estimado don Pedro.

- Descuidad. Y no es tal charla, amigo. ¿Confío no haber importunado con mi llamada vuestro merecido descanso dominical?

- No, señor -alegó el aludido al tiempo que degustaba su primer sorbo de coñac-. Ya he cumplido esta mañana con mi obligación de asistir a la Santa Misa de Ramos.

- Como el resto de nosotros -habló el marqués de la Ensenada, quien acusaba un aspecto fatigado debido a su avanzada edad. Pues de los allí presentes, él era el más anciano, y el que había servido, con más o menos fidelidad, a los dos primeros borbones de España antes de que Fernando, hermanastro del actual monarca, lo ostracisara al extranjero.

- Conocéis a todos los aquí presentes, estimado Pablo.

El aludido miró a los congregados uno a uno antes de asentir.

- Por descontado, señor – respondió al tiempo que realizaba una reverencia hacia el grupo que lo miraba curioso.

- En tal caso -continuó Campomanes circunspecto-, no demoremos más la reunión. Ahora ya estamos todos.

- ¿Ya estamos todos? -repitió confuso Grimaldi-. No creo haber asistido al nombramiento ministerial de vuestro último invitado, señor de Campomanes.

- Tal vez se deba a que semejante acto no ha tenido lugar -replicó el aludido con un destello pícaro en sus ojos.

- No comprendo -insistió el napolitano mientras exhalaba el humo del cigarro.

- Pronto lo haréis, señor -alegó sin siquiera mirarlo mientras señalaba a Olavide una silla próxima a Múzquiz para que tomara asiento.

- ¿Habéis encontrado muchos obstáculos en vuestro trayecto a palacio, don Pablo? -se interesó el marqués de la Ensenada con exagerada cortesía.

Olavide reprimió un mohín que pudiera demostrar su incomodidad ante la pregunta que juzgaba desacertada a todas luces. Los obstáculos a los que el noble español hacía referencia no eran sino miles de bocas hambrientas que clamaban por un mísero mendrugo de pan para alimentar a sus inocentes hijos.

- Desafortunadamente, Olavide, he encontrado varios grupos de amotinados mientras recorría las calles de Madrid. Doy por supuesto que esos son los obstáculos a los que vos hacéis referencia.

- En efecto, señor. Tengo entendido que ahora el número de insurrectos duplica la cantidad de esta tarde a primera hora.

Pablo Olavide, ignorando conscientemente el comentario del marqués, centró de nuevo su atención en Pedro, conde de Campomanes, cuyo rostro evidenciaba la tensión acumulada en tan pocas horas y su preocupación por el desagradable cariz que estaban adquiriendo las revueltas.

- ¿La seguridad de la familia real está en peligro, señor? -se interesó en primer lugar.

- No por ahora. Aunque no descartamos que en las próximas horas pudieran cambiar las tornas.

- De todas formas, no es la cabeza del rey la que reclama el pueblo, sino la de Esquilache.

- Estimado señor de Múzquiz -lo contradijo Campomanes-, todos los aquí reunidos somos conscientes de que el bueno de Esquilache es el protegido de nuestro soberano.

- ¿Qué insinuáis, conde de Campomanes? -saltó Grimaldi, visiblemente ofendido.

- Sosegaos, señor, os lo ruego -se adelantó Múzquiz, sorprendido de que el napolitano, quien se confesaba abiertamente contrario a Esquilache, pareciera ahora presto a defenderlo frente a los allí reunidos-. Me limito a observar que torres más altas han caído y que deberíamos estar preparados para cualquier eventualidad, por descabellada que ahora se nos antoje.

- Que el pueblo terminara amotinándose era cuestión de tiempo -opinó Olavide en voz alta-. Es una clara y lógica respuesta a la pauperización progresiva que vienen sufriendo las clases menos privilegiadas de la sociedad en los últimos años.

- ¡Sandeces! No es más que una rabieta de niños por la imposición de vestir a la moda europea, más acorde a los tiempos que vivimos e impuesta por el marqués de Esquilache.

- Sin duda os estáis refiriendo a la prohibición de llevar capa larga y chambergo decretada por vuestro paisano, señor Grimaldi. Pero sabed que ese no es, a mi juicio, el motivo principal de este amotinamiento.

- ¿Y qué otra cosa podría ser, entonces? -terció el marqués de la Ensenada, quien apoyaba abiertamente al ministro más influyente de la corte real y sus innovadoras medidas para la ciudad.

Antes de que Jerónimo Grimaldi pudiese objetar de nuevo las palabras del marqués, Olavide se adelantó. Lo último que necesitaban en aquellos momentos era combatir entre ellos por ver quién estaba en posesión de la verdad.

- Tal cosa sería motivo de sublevación para dos nobles de vuestra alcurnia -habló pacificador-, pero debo insistir en que no es así para las clases más bajas de nuestra sociedad con un escaso poder adquisitivo.

- Y entonces, estimado Pablo, ¿a qué atribuís vos el motivo de las revueltas?

- Al hambre, señor de Múzquiz. A la carestía de un alimento tan básico para ellos como pueda serlo el pan.

Un tenso silencio siguió al anuncio de Pablo Olavide. El marqués de la Ensenada fue el primero en romperlo aullando su opinión.

- Pecáis de ingenuo, Olavide.

- Es posible, marqués. Aunque el resto de los presentes lo hacéis de arrogancia si desestimáis el poder que oculta la desesperación del pueblo hambriento.

- ¡Cómo osáis, señor! -se indignó el marqués de la Ensenada.

- Disculpad si en algo os han ofendido mis palabras, estimado marqués -se apresuró a aplacar su ira Olavide-. Nada más lejos de mi intención.

- Señores, por favor. He convocado este gabinete de crisis para tratar de resolver los disturbios que asolan Madrid y algunas otras ciudades del resto de España, no para provocar altercados entre los presentes. ¿Podríamos aparcar rencillas personales hasta haber solucionado el problema que nos atañe a todos por igual?

- ¿Y qué es lo que vos proponéis, conde de Campomanes?

- Deberíamos escuchar los consejos del señor de Olavide, ya que se ha molestado a venir hasta aquí poniendo en riesgo su propia integridad.

Jerónimo Grimaldi no estaba habituado a obedecer órdenes de nadie que considerase como un igual o inferior a su estirpe y rango, pero sí lo estaba a la disciplina militar y en aquella reunión consideraba al marqués de la Ensenada su superior inmediato, por lo que le debía obediencia. Relajó su actitud y volvió a tomar asiento a la espera de que Pablo de Olavide continuara con su disertación.

- No me andaré con paños calientes, señores. El pueblo español pasa hambre y a estas alturas ya todos deberíais saber que el hambre y la desesperación caminan de la mano.

- Todos los aquí presentes -opinó marqués de la Ensenada con su habitual engreimiento -somos conscientes de la subida de los precios. Subida necesaria, os recuerdo, y motivada por la escasez de trigo.

- Ninguno de nosotros es responsable de las malas cosechas ni de la sequía que venimos padeciendo varios años -añadió Múzquiz.

- Ni yo estoy insinuando lo contrario, señores. Me limito a constatar que ningún miembro del gobierno parece haber hecho nada para invertir esta desagradable situación ni evitar el amotinamiento de hombres y mujeres que ven a sus hijos hambrientos y necesitados.

- Estoy de acuerdo con Olavide. La situación se ha agravado como consecuencia de un considerable aumento en el precio del pan durante las últimas jornadas.

- Un alimento, estimado Campomanes, básico en la dieta de las clases más desfavorecidas de la sociedad -concluyó Olavide-. Su elevado precio limita su consumo, contribuyendo a aumentar la inestabilidad social.

- Sin embargo -intervino Múzquiz de nuevo-, la gente debería de saber que se trata de una medida provisional supeditada a la carestía de la materia prima.

- ¿Y durante cuánto tiempo deberemos continuar adoptando esta medida? – replicó Olavide- ¿un año?

- Tal vez más.

- ¿Y de verdad confiáis en que el pueblo aguante tanto tiempo sin nada que echarse a la boca? Ya os adelanto yo que no, estimado Múzquiz. Tras el terremoto que destruyó Lima yo fui testigo en primera persona de los estragos que el hambre y la desesperación humana pueden hacer. La turba enloquecida es capaz de linchar a sus gobernantes en una plaza pública.

Otro denso silencio se instaló en el grupo de hombres tras las últimas palabras de Olavide. Silencio sólo roto por el sonido del tumulto que llegaba hasta ellos desde la plaza de la Armería.

- ¿Y vos qué proponéis para no llegar a tales extremos, señor de Olavide? -quiso saber Campomanes.

- Comenzaría por abrir los graneros y repartir las reservas de trigo gratis a todo aquél que lo reclamase.

- Desvariáis, Olavide -atacó un enfurecido Grimaldi-. De adoptar tal medida las arcas del reino se vaciarían en poco tiempo.

- Y si no la adoptamos peligra la continuidad de la monarquía, señor. ¿Y qué diréis de la Hacienda española entonces? -replicó el aludido sin perder la compostura.

- También sería saqueada -concluyó Campomanes.

- En efecto. Y dudo mucho que ninguno de los presentes viviéramos el tiempo suficiente para presenciar el saqueo.

- A grandes males, grandes remedios -apuntó Grimaldi.

- Así es, señor -concedió Olavide.

- Bien. Trasladaré el resultado de esta reunión a su majestad. Sería conveniente que ninguno de nosotros abandonara la seguridad que nos brinda el palacio. De ese modo acudiremos prestos a la llamada del Consejo en caso de ser requeridos.

Y dicho lo cual, Zenón de la Ensenada fue la primera persona en abandonar la estancia.