Xaro Cortés

Porque me gusta escribir.

Próximo destino: Marte


UNO

Aserait miraba abstraída la cadenciosa sucesión numérica al tiempo que escuchaba la letanía por el sistema integrado, sin reparar en la cifra verde que se mostraba cada vez en la pantalla de cristal líquido. Sólo cuando el ascensor se detuvo, indicando que había llegado a su destino, salió apática de su abstracción.

Volvió a calzarse los zapatos con desgana y se encaminó hacia su puerta de destino, no habiendo dado ni tres pasos cuando el dolor de pies se hizo patente de nuevo. Aquellos escarpines nuevos la estaban destrozando. Eran preciosos y estaban de moda aquella temporada, aunque, para ser sincera consigo misma, debía de reconocer que no constituían el calzado más apropiado para una mujer con su frenético ritmo diario.

El espacio a recorrer era de apenas cincuenta metros, pero en aquel momento se le antojaban más de quinientos.

El edificio en que Aserait vivía tenía ya más de sesenta años, una construcción que databa del siglo anterior, aunque estaba tan bien construida que apenas manifestaba su antigüedad. Había sido diseñado por expertos plasturgistas y obreros para aguantar el paso del tiempo.

Su apartamento podía considerarse relativamente amplio. Con sus sesenta metros cuadrados resultaba ideal como residencia para una sola persona, ocasionalmente dos. La muchacha además había incluido lo más avanzado en confort y las más novedosas técnicas domóticas en toda la casa; pequeños electrodomésticos para ahorrar tiempo y lo último en detalles electrónicos, que hacían las cortas estancias en su hogar lo más confortables posible.

Al llegar a la puerta de su vivienda miró sin parpadear la célula fotovoltaica a fin de que ésta la identificase y abriera la puerta de entrada. Le hubiese gustado más adquirir una célula con activación por voz, pero era demasiado costosa y su sueldo no le permitía ciertos extras pecuniarios, por lo que tuvo que conformarse con instalar la activación visual, algo más económica, aunque más incómoda.

Aserait se sentía agotada. Un cansancio extremo causado por los últimos acontecimientos familiares y por su devenir diario; impartía clases de arqueoastronomía en una de las universidades más prestigiosas, asignatura obsoleta apenas un siglo atrás pero muy de boga actualmente.

No consideró estudiar esa disciplina hasta que descubrió lo apasionante que resultaba reparar en el modo en que las diferentes culturas de la humanidad, tan mermada desde las postrimerías del siglo XXI, se habían ido forjando sus propias ideas acerca del firmamento a lo largo de la historia, en el marco del conjunto de sus formas de conocer y actuar en el mundo.

Cuando diez años atrás, una jovencísima y romántica Aserait se vio obligada a escoger una carrera universitaria no supo decidirse entre arqueología o antropología, ambas sin un claro futuro económico, pero atrayentes a sus ojos.

Una mañana, mientras desayunaba leyó casualmente un documento sobre arqueoastronomía, ciencia que estudiaba los yacimientos arqueológicos relacionados con el estudio de la astronomía por culturas antiguas. Aquel artículo terminó atrayendo su atención hasta el punto de acabar decantándose por esta disciplina académica, no tan dura como la mayoría de las ciencias y que añadía además el aliciente de necesitar, dadas sus características, del trabajo interdisciplinario de astrónomos, antropólogos, arqueólogos, historiadores, y un largo etcétera de campos diversos a cuál más atrayente; amén de considerar que los expertos de cada área debían tener un conocimiento razonable de las demás disciplinas implicadas.

Su curiosidad innata y un cerebro privilegiado hicieron el resto. Cinco años después de haber iniciados sus estudios académicos, y en posesión de su correspondiente título acreditativo, comenzó a trabajar como profesora adjunta de una de las universidades más prestigiosas de la región pangeaica del este. En la actualidad Aserait era la coordinadora general de arqueoastronomía de dicha universidad, además de colaborar activamente en diversos museos de toda la Pangea. Pinacotecas, armerías y exposiciones en las que se mostraban al público las diversas obras de arte mueble que habían perdurado tras los cataclismos que en otra época asolaran a la entonces Tierra y acaecidos desde los albores hasta mediados del siglo XXI.

Apenas sí disponía de tiempo para dedicarlo al ocio, y eso era precisamente lo que necesitaba en esos momentos: mantener su mente y su cuerpo ocupados continuamente.

Tres siglos de investigaciones médicas y farmacológicas habían logrado erradicar la mayoría de los tipos de cáncer que en tiempos lejanos supusieran una de las causas más frecuentes de muerte.

Recordaba haber leído durante su etapa de estudios de grado medio que el cáncer, en todas sus variantes, fue la enfermedad más mortífera hasta finales del siglo XX pero que en la actualidad, y gracias a los avances médicos estaba prácticamente erradicado, a excepción de algunos casos más persistentes a cualquier tipo de tratamiento.

Sin embargo, en las postrimerías del siglo XXIII, para el cáncer que estaba terminando con la vida de su progenitora no existía cura. Y su madre era todo lo que tenía Aserait.

Impotente, percibía a diario como la vitalidad se escapaba a borbotones y veía apagarse la llama de la mujer que le había dado el ser. Nada podía hacer ya por ella salvo permanecer el mayor tiempo posible a su lado.

Los últimos dos meses los había repartido la muchacha entre su trabajo y el hospital, constatando que seis horas junto a una moribunda resultaban más agotadoras que cualquiera de sus viajes relámpago a un determinado lugar de la Pangea para observar algún indicio de vida pasada en sus petroglifos, o una de las obligadas permanencias en la Luna para contrastar descubrimientos o participar en interminables y aburridos simposios de su competencia.

Pensar en la suerte que estaba corriendo su adorada mamá la hundía sin remedio en una amargura y sufrimiento que no experimentaba desde que, siete años atrás, falleciese su padre.

La vieja y conocida sensación de impotencia se había vuelto a apoderar de ella y el nudo que le oprimía constantemente la garganta y que le impedía gritar su dolor y abatimiento de nuevo se había convertido en su fiel compañero a lo largo de las últimas semanas.

- Buenas noches Aserait ¿qué tal día has tenido hoy?

- Hola Ocho. Agotador, como todos – Ocho era el nombre de su asistente, un portento de la robótica destinada a las labores caseras, su apodo se debía a que ese era precisamente el número de humanoides que había tenido Aserait hasta la fecha- ¿alguna novedad en casa?

- Debes aprovisionar el congelador de alimentos si no quieres perecer en los próximos días. He hecho una lista con lo que podrías necesitar.

- Gracias Ocho, estás en todo. Miraré mi agenda y, si no tengo planeado ausentarme de casa en los dos próximos días, mañana haces el pedido.

- De acuerdo. ¿Te apetece cenar algo?

- No gracias. Más tarde me prepararé algo yo misma. Puedes desconectarte cuando quieras.

- ¿No preferirías que habláramos un rato o dedicásemos tiempo a realizar cualquier actividad lúdica antes de dormir?

Aserait negó con un gesto.

- Esta noche prefiero la soledad Ocho pero gracias por el ofrecimiento.

- Como quieras. Si más tarde me necesitas no dudes en despertarme.

- Descuida Ocho. Hasta mañana.

Aserait se desplomó en el cómodo sofá de metacrilato azul, material predominante en la fabricación de muebles, junto con otras muchas aplicaciones, por su abundancia en el fondo marino tras años de desperdicios depositados en su lecho. Tras los cataclismos, estos desperdicios habían aflorado a la superficie por toneladas y los científicos supervivientes vieron en ello el perfecto sustituto de materiales más escasos.

Y en la silenciosa penumbra del salón permaneció echada Aserait por espacio de dos horas.

Durante ese tiempo recordó momentos felices de su infancia en compañía de sus padres. Paseos por la playa del norte de la Pangea, en los que la niña de entonces jugaba y recogía restos que el mar arrojaba a la pedregosa orilla.

De niña le encantaban las historias relatadas acerca de cómo era la Tierra antes de los cataclismos naturales responsables de su cambio, tanto climático como topográfico.

Catástrofes que habían consistido en decenas de terremotos cuya violencia entraba en los parámetros más elevados respecto a su medición; cientos de huracanes de tal magnitud que los científicos se vieron obligados a añadir un dígito más a los ya empleados; lluvias torrenciales que terminaron sumergiendo bajo las aguas cientos de ciudades enteras; la total ablación glacial con la consiguiente desaparición de las especies dependientes del hábitat; el desvanecimiento de la capa de ozono, protectora de los rayos ultravioletas del Sol.

Todo contribuyó a que, en apenas cinco décadas, la litosfera se viera reducida a una sola masa de tierra de algo más de cien millones de kilómetros cuadrados, rodeada por una única y vasta extensión hidrosférica que había pasado de formar el sesenta y cinco por cien de la corteza total a casi el noventa por cien.

La hecatombe del planeta llevó intrínseca la devastación de la humanidad. A finales del siglo XXI la cifra mundial de habitantes se había reducido a sólo cuatro millones de seres humanos. Miles de especies animales extintas y, al igual que en el albor de los tiempos del planeta Tierra, una sola masa de continentes reagrupados.

Paralelamente a los hechos físicos y geomorfológicos, y debido tanto a la crisis económica mundial como a la escasez total de petróleo, principal fuente energética y contaminante de los siglos XX y XXI, se produjeron una serie de revueltas mundiales que derivaron en una oligarquía; la cual a su vez desembocó en una dictadura oligárquica como única salida a la anarquía del momento.

Varias décadas de duras represiones y cruentos castigos aplacaron las revueltas ocasionadas por la imposición de un único idioma para todos, miscelánea de las lenguas que todavía prevalecían en el mundo.

Bajo el yugo dominador de la fuerza superior nada pudieron hacer las masas inferiores.

Los hombres se vieron obligados a aprender, por vez primera en la historia de la humanidad, a convivir sin barreras, naturales o raciales, una vez desaparecido cualquier motivo que impulsara a combatir puerilmente por un trozo de tierra.

Nada delimitaba ya la propiedad de estados.

En cuanto a las diferentes religiones que existían a finales del siglo XX y sus derivadas, su decadencia de décadas derivó en una forzosa remodelación por parte de las oligarquías dominantes que durante años se reunieron en varias ocasiones.

El resultado final fue la unión de las tres grandes religiones mundiales dominantes en una miscelánea religiosa, convertida en una sola, como no había tenido lugar en la historia del planeta desde hacía milenios; mudando en un solo dios, denominado Gran Ser.

Todo aquello lo había pormenorizado Aserait durante su época de estudiante. De igual modo que había visionando hasta la saciedad las holografías que mostraban el aspecto que ofrecía la Tierra antes del cambio climático.

Las imágenes mostraban un hermoso planeta azul rodeado de una fina capa nebulosa.

El radical cambio efectuado en menos de una centuria era interpretado por los habitantes del planeta actual la consecuencia de un castigo divino por tanta soberbia y necedad humana.

Los terrícolas del siglo XX habían sido incapaces de predecir que todo aquello podía ocurrir si continuaban destruyendo las fuentes naturales y arrojando gases nocivos a la atmósfera. Y los gobernantes del siglo XXI se habían mostrado incapaces de esgrimir y firmar un acuerdo común para el fin de semejante majadería que los abocaba irremediablemente a la situación que ahora sufrían los terrícolas del siglo XXIII.

De nuevo la asaltó el recuerdo de su padre fallecido y la promesa incumplida por éste de que cuando estuviera restablecido por completo regresarían a pasar una semana al mar del Norte, el lugar donde las aguas eran más tranquilas y transparentes. Aquellas evocaciones se le antojaban más lejanas en el tiempo de lo que en realidad lo eran. Se le empañaron los ojos por las lágrimas y de nuevo la invadió la sensación de soledad y abatimiento que venía sintiendo en las últimas semanas. Recordó que sólo su padre sabía transmitirle la paz y seguridad que necesitaba. Después de él nadie había sabido hacerlo, ni siquiera su madre, que jamás se había recuperado de la pérdida de su gran amor.

Decidió prepararse algo de cena, más por necesidad de alimentarse que por ganas de hacerlo. Y mientras recorría la corta distancia entre el salón y la cocina reparó en que no recordaba la última vez que había tomado cualquier alimento. Tal vez la noche anterior, pero en aquel momento era incapaz de recordar lo que había comido.

En realidad, recapacitó acto seguido, carecía de interés para ella acordarse de los alimentos ingeridos la víspera; prefería centrarse en los de ese momento.

Un suave zumbido y el familiar haz luminoso de su fonozetta indicaron a la muchacha la llamada entrante; pensó que debía tratarse de Bael, un holografista con quien había trabajado en varios momentos y que terminara convirtiéndose en su amante ocasional.

Siempre que llegaba a la ciudad solía llamarla y ella acostumbraba a atender sus llamadas, completamente desnuda pues el hombre era un voyerista. Media hora después terminaban dando rienda suelta a sus pasiones haciendo el amor.

Esa noche Aserait no estaba de humor para mantener un encuentro sexual y así se lo haría saber a su interlocutor. Pulsó el indicador lumínico del receptor acoplado ya en su oreja, dando así entrada a la llamada y comprobó atónita que no era el bronceado rostro de Bael el que contemplaba en la pantalla emergida de la nada; sino el de un hombre entrado en años y carnes, cuya papada realizaba un cómico movimiento ascendente al hablar.

- ¿Doctora Aserait?

- ¿Si? –respondió sin disimular el disgusto que le ocasionaba el hecho de que le diesen un trato tan respetuoso.

- Mi nombre es Yoruba Gu, secretario personal del líder Dogone.

La mujer respiró aliviada porque la llamada no tenía nada que ver con un empeoramiento de su madre.

- ¿Y bien?

- Se requiere su presencia en la conferencia que tendrá lugar pasado mañana a las diez en la sede lunar de la Organización Pangeaica Mundial.

- ¿Es imprescindible mi asistencia? En estos momentos tengo un compromiso familiar y...

- El presidente ha sido puntualmente informado de la enfermedad de su madre, interesándose personalmente en su caso. Por otra parte, sólo serán tres días a lo sumo y no se prevé el fatal desenlace en las próximas cuarenta y ocho horas.

- Siendo así. Allí estaré.

- Dentro de dos horas un vehículo especial la recogerá para llevarla a la terminal. Buenas noches doctora.

- Buenas noches.

La sorpresa inicial mudó en perplejidad ¿Qué querría el líder Dogone de ella? No recordaba haber violado ninguna norma de convivencia ni ley alguna. Ni siquiera tenía conocimiento ni sospecha alguna de que alguien de su entorno perteneciese a la hermandad de “los Hijos de la Luz”; y en ella cualquier relación con la hermandad resultaba impensable, pues siempre se había mostrado respetuosa, pese a sus ideas, con el régimen autoritario que imponía la tetrarquía reinante.

Un viaje de esas características significaba además un momentáneo alejamiento de su progenitora justo en aquel momento en que lo más imperioso para ella era poder estar junto a la anciana, mitigando su dolor con palabras de consuelo.

El apremiante viaje a la Luna no le hacía la menor gracia, pero, sabedora de lo que podía ocurrirle en caso de negarse a ello, no le quedaba más opción que acatar las órdenes recibidas.

Terminó con premura su frugal comida y preparó un escueto equipaje con ropa liviana, puesto que la sede de la OPMU y todos los estamentos gubernamentales y las prisiones de máxima seguridad se encontraba ubicada en el satélite terrestre. Allí la temperatura era estable y agradable; nada que ver con el asfixiante calor del planeta, donde las temperaturas del sempiterno estío cada vez eran más elevadas.

Grabó un mensaje para Ocho con las recomendaciones pertinentes para el humanoide durante su ausencia, disculpándose por lo precipitado de su viaje y comunicándole que se pondría en contacto con él tan pronto como llegase a su destino.

Un suave pitido en la puerta de entrada le indicó que su transporte la aguardaba en la calle.