Xaro Cortés

Porque me gusta escribir.

LA ESTRELLA DEL NORTE


UNO

Laura no recordaba otra tarde de finales de julio tan calurosa como aquella. Dentro de la pequeña iglesia barroca reinaba un calor asfixiante, debido en gran parte al estío pero también a la muchedumbre que se agolpaba en su interior.

La mujer permanecía ajena a cuanto sucedía en su interior y pese a encontrarse físicamente en aquel lugar su mente divagaba sin cesar de un pensamientos a otro, de un recuerdo a otro.

Llevaba ya varias horas en el mismo estado de apatía. Los acontecimientos que tuvieran lugar durante las últimas veinticuatro horas los había vivido como si en realidad no le afectasen a ella lo más mínimo, de igual modo que si los estuviese viviendo desde la perspectiva de tercera persona. Se repetía a sí misma sin cesar que aquello no era cierto, que se trataba de una pesadilla de la que no tardaría en despertar.

Tan sólo veinticuatro horas atrás en su hogar reinaba la armonía y la felicidad y no podía comprender cómo aquella dicha se había visto truncada de repente. Ahora por el contrario, todo era caos y desconcierto.

Juan, su marido, su vida, había salido de casa a fin de ultimar unos asuntos pendientes antes del comienzo de las vacaciones estivales. Era el propietario de un pequeño negocio de reparación de electrodomésticos y debía entrevistarse con un cliente asiduo al que no pudo sustraerse.

Transcurridas un par de horas el teléfono sonó y un policía muy atento, tras identificarse como tal, le comunicó que su esposo había sufrido un accidente de tráfico así como el nombre y la dirección del hospital al que había sido trasladado para que ella se personara lo antes posible.

Cuando Laura llegó al centro hospitalario ya era demasiado tarde, de hecho lo había sido desde un principio, tal y como le participó el galeno encargado de firmar el acta de defunción.

Un automóvil que circulaba a gran velocidad no tuvo tiempo de frenar, colisionando contra el auto de Juan y pereciendo ambos conductores en el acto.

Laura ya no volvió a ver a su esposo con vida. El beso que le había dado al despedirse de él se convirtió de un soplo en el último.

Todo el mundo lloraba a su alrededor. La madre y las hermanas de Juan estaban inconsolables. Laura miró a su hijo Alejandro, de diez años de edad, percatándose en que se le arrugaba la barbilla al llorar, al igual que cuando de pequeño recibía una reprimenda tras una de sus habituales travesuras. Consideró en lo mucho que el niño se asemejaba físicamente a su padre, incluso en el color de los ojos, tan azules como los de Juan.

Ella no lloraba, no podía hacerlo. Se sentía vacía y seca por dentro. Tenía además la certeza de que con ello no iba a lograr que Juan regresara junto a ella. Se limitaba a observar lo que sucedía a su alrededor con mirada ausente, confundida. La misma pose que adoptara desde el principio del sepelio. Bajó la mirada y vio que su hijo menor, Nacho, se aferraba a su mano con fuerza. Parecía sentirse tan abrumado como ella. Quiso decirle que no pasaba nada, infundirle valor y esperanza con sus palabras de ánimo pero no pudo, tampoco vocablo alguno emergía de su boca.

Se limitó a apretar su manita fuertemente, tratando de evitar así su pérdida entre el gentío. Consideró que era demasiado pequeño para estar allí, que debía haberlo dejado en compañía de alguien de confianza. ¿Pero quién? Si todas las personas a quienes conocía y estimaba estaban en el interior del templo, junto a ella.

Alzó la mirada y la paseó por los frescos pintados en la bóveda de la iglesia. Evocó los momentos felices de su vida. En todos ellos esas pinturas habían sido mudos testigos de su dicha. Los bautizos de sus tres hijos, las primeras comuniones de los dos mayores… incluso su matrimonio se había celebrado en ese templo. Ahora en cambio lo eran de su mayor desconsuelo.

Desvió la mirada tratando de disipar tales pensamientos y vio a su hermana, Eva, junto a Alejandro. Lloraba abrazada a su marido, Ramón. Laura no recordaba haberla visto llorar de esa manera desde que ocho años atrás tuvieran que asistir al sepelio de sus padres, fallecidos también como consecuencia de un accidente de circulación. A raíz de entonces las dos hermanas habían estrechado aún más los lazos de cariño y afecto que se habían profesado desde siempre. Laura era la mayor y como tal asumió desde entonces el rol de amiga y madre protectora. Físicamente ambas hermanas eran muy semejantes, casi de idénticos rasgos. Sólo se diferenciaban en el color del cabello, Laura lo tenía rojizo mientras que Eva era castaña. Ninguno de los tres hijos de Laura había heredado el cabello rojizo de su madre, Vicente, el primogénito y Nacho, el benjamín, tenían el cabello castaño al igual que su tía materna mientras que Alejandro era tan rubio como su padre.

Al contemplar nuevamente al niño los recuerdos de Juan afloraron en la mente de la mujer. Evocó nostálgica el día en que ambos se conocieron. Una estúpida confusión fue la culpable de todo. Laura y su mejor amiga, Clara, acostumbraban a frecuentar una discoteca cuando ambas eran adolescentes. En su interior habían coincidido en varias ocasiones con Juan y sus amigos, pero ambos jóvenes se limitaban a saludarse y dedicarse alguna tímida sonrisa.

Una noche de finales de primavera Laura sintió calor y se desprendió de la cazadora vaquera que llevaba, depositándola en una percha habilitada para tal fin a la entrada del local. Después de un par de horas allí dentro decidieron marcharse y Laura cogió la cazadora. Ya en el exterior Juan llamó su atención alegando que la chaqueta vaquera que la muchacha llevada le pertenecía a él. Al observarla con más atención se percató Laura de que así era y se apresuró a devolverla a su dueño disculpándose por el despiste. Juan le sonrió y ella no pudo evitar mirarlo atentamente reparando en lo atractivo que resultaba aquel muchacho rubio de ojos azules poseedor además de una bonita sonrisa que la cautivó en aquel preciso instante. Desde aquel día no volvieron a separarse.

Sólo la muerte había podido truncar el gran amor que se profesaban.

Las palabras del sacerdote la devolvieron al presente y obligándose a sí misma a centrar su atención en la letanía, negándose de nuevo a contemplar el féretro. No podía mirarlo, no quería… “era un marido fiel y un padre amantísimo y afectuoso” decía en aquel instante el clérigo que apenas los conocía pues muy devotos tampoco es que hubieran sido nunca, aunque sí habían procurado inculcar a sus hijos desde pequeño la religión cristiana; bien por seguir la tradición de sus mayores, bien por dar a los niños algo de fe y en que creer en los momentos duros de la vida; aunque en aquel momento de poco servían las enseñanzas de los mayores o el creer firmemente en algo. Consideró que tal vez el sacerdote se limitaba a seguir un guión preestablecido y que esas mismas palabras las había pronunciado centenares de veces.

Una mano grande y cálida se posó en su hombro y por un instante pensó que se trataba de Juan, quien le indicaba que ya podían marcharse a casa. Siguió la mano con la mirada hasta alcanzar el rostro de su primogénito, quien con sólo quince años recién cumplidos había alcanzado ya la estatura de su progenitor. Laura recordó con amargura que tan sólo una semana atrás padre e hijo habían estado bromeando al respecto. Contempló el rostro sereno de su hijo y vio que él tampoco lloraba, lo que resultó ser un consuelo para ella en aquellos momentos. El joven se limitó a sonreír a su madre tristemente y ella le devolvió una forzada sonrisa queriendo transmitirle fuerza pero había sido él quien con su sonrisa había henchido de fuerzas a Laura, a quien ya comenzaban a fallarle tal vez por el cansancio o por el hecho de no haber ingerido alimento alguno desde la víspera.

Un estremecimiento se apoderó de la muchacha al considerar repentinamente que ya nunca más se reunirían los cinco en torno a la mesa, que jamás volvería a contemplar el rostro de su amor ni escucharía nuevamente su voz, cuyo sonido ella adoraba, dedicándole palabras de enamorado.

Las palabras del sacerdote cesaron súbitamente y Laura presenció, conteniendo las lágrimas, como sus cuñados y los amigos íntimos de su esposo alzaban el féretro y lo conducían al exterior del edificio.

A punto estuvo de empezar a gritar como una posesa que lo dejaran de nuevo donde estaba. Que no tenían ningún derecho a llevárselo de allí, de su lado. Que era suyo, solamente suyo. Pero en ese momento una muchedumbre comenzó a avanzar hacia donde ella se encontraba junto a su familia. Una larga fila, compuesta en su mayoría por mujeres deseosas de expresarles sus condolencias la asfixiaban sobremanera.

Un sólo pensamiento se repetía incesantemente en su cabeza: deseaba regresar a su hogar y encontrar en él a Juan. Quería que éste la rodeara con sus fuertes brazos y le besara el cabello como solía hacer a menudo. Anhelaba que su esposo le dijera que todo había sido un lamentable error y le prometiera que jamás volvería a separarse de su lado.

Nacho atrajo de nuevo su atención y ella lo miró compasiva. “¡Pobre hijo mío!- pensó- sólo tiene dos años de edad y ya está aburrido de estar aquí. Él no comprende nada de todo este alboroto”. Ana, la hermana menor de Juan y madrina de pila del niño, intentó atraerlo hacia sí pero Laura no se lo permitió. Cogió ella al niño en brazos y lo estrechó contra su pecho. No iba a consentir que a su hijo le ocurriese nada malo y con aquel gentío cualquier cosa podía suceder.

Ana la obsequió con una sonrisa de simpatía. Ella comprendía perfectamente que su cuñada no deseara en aquellos momentos separarse de ninguno de sus hijos. Laura le devolvió una lacónica sonrisa. Al igual que su hermano, Ana también era rubia y tenía los ojos azules, mientras que la otra hermana de su marido, Inés era una copia de su suegra, de cabello castaño y ojos marrones.

Tan sólo al cabo de un rato, cuando el cansancio volvió a ser patente en el rostro de la mujer, pasó al niño que dormía plácidamente en sus brazos, a los de su primogénito y tomó la mano de Alejandro quien continuaba llorando desconsoladamente. Álex adoraba a su padre y con sólo diez años debía hacer frente a su pérdida. Todos debían afrontarlo aunque en esos momentos nadie lo deseara.

Las campanas tañían de nuevo a difunto. Había llegado el momento de partir hacia el camposanto.