Xaro Cortés

Porque me gusta escribir.

La inmensa oscuridad


PRÓLOGO


Los últimos rayos de luz solar se filtraban por las ramas de los árboles del oscuro bosque al tiempo que una fina lluvia empezaba a caer con insistencia y la temperatura descendía algunos grados más de lo debido, considerando que todavía dominaba en el lugar la época estival.

Atravesando el espesor de la maleza una extraña figura camina con paso rápido por el único sendero que conduce a la ciudad. Bajo una capucha se cobija de la llovizna, al tiempo que oculta su rostro, mientras se dirige al único lugar habitado que ha encontrado tras muchos días de viaje.

Al alzar la vista puede vislumbrar ya las antorchas prendidas que bordean la muralla de piedra. Acelera el paso hasta llegar al portón de recia madera ennegrecida por los decenios que lleva contemplando a las personas que la atraviesan.

Varios segundos después de golpear la aldaba escucha una voz grave, somnolienta, proveniente del otro lado de la poterna.

- ¿Quién va, caído ya el ocaso y con este tiempo de perros?

- Discúlpame, buen hombre. Estoy de paso y la noche me ha sorprendido.

- ¿Y?

- Busco cobijo para pernoctar bajo techo. Mañana al alba proseguiré mi camino.

Con gran estrépito las pesadas hojas de recia madera bruñida en otro tiempo se abren permitiendo ver al tosco dueño de la voz. Se trata de un hombre de mediana edad, poseedor de una poblada barba que acentúa el temor provocado por su descomunal estatura.

- Pasad. Últimamente los bosques no son tan seguros como antaño.

- ¿Por qué?

El gigantón se encoge de hombros antes de responder.

- Se rumorea que al caer la noche pululan en ellos todo tipo de bestias y alimañas de un tiempo a esta parte.

- Gracias –responde quitándose la capucha-. Sólo estoy de paso.

Su interlocutor siente una cierta desazón al advertir la mirada penetrante del muchacho imberbe de apenas veintiún años, de ojos verdes y cabello color ceniza.

- La lluvia me ha calado los huesos. ¿Podría indicarme alguna posada o taberna dónde pasar la noche?

- En la posada de “El lobo plateado” obtendrás cuanto necesites.

- El Lobo plateado- repite el muchacho para sí-. ¿Qué camino debo tomar para llegar hasta allí?

- No tienes pérdida. Sigue esta calle hasta el final y luego gira a la izquierda. Al llegar a la tercera bocacalle verás un letrero de madera con un lobo dibujado. Además de comida y bebida hallarás una cama confortable y sin pulgas para dormir.

El forastero agradece la información y, tras colocarse de nuevo la capucha, sigue las instrucciones dadas, ajeno a los ojos que lo escudriñaban tras unas cajas de madera que ocultan la entrada a un oscuro callejón.


Dar la vida conlleva intrínsecamente dar la muerte, porque es imposible morir sin haber vivido antes; y pese a semejante verdad universal no conozco mayor gozo en la vida que la bendición de parir.

Para nuestra desgracia no es menos cierto que ninguna madre está preparada para sobrevivir a un hijo.

Es por ello que cuando una mujer debe, muy a su pesar, afrontar la muerte del hijo amado, también ella perece irremediablemente, convirtiéndose en una muerta en vida sin futuro y temerosa por el recuerdo de un pasado feliz que ahora desgarra su alma sin piedad.

Y para su desventura ese es el sentimiento que la acompaña y parece eternizarse en el tiempo.

Transcurrido dicho periodo la desdichada madre sale de su letargo anhelando la muerte a diario. Esta faceta también se alarga en el tiempo por espacio indefinido, aunque no menor al anterior.

Cuando a diario piensa que el único bálsamo para la inmensa pena de su alma es reunirse con aquél a quien tanto echa en falta algo en su interior la obliga a escoger. Ese hecho es debido, en la mayoría de los casos, a un suceso, una palabra o un pensamiento.

Una vez dado el paso más difícil en su duelo íntimo e inhumano que rasga sin piedad su humanidad, comienza a atisbarse una tenue luz en la lejanía de su profundo pozo.

Si la elección es seguir los pasos del hijo amado la madre sabe a ciencia cierta que pronto dejará atrás el mayor de sus sufrimientos. No es cobardía ni su decisión debe de censurada y mucho menos juzgada. Es su elección y merece el mayor de los respetos.

Si la elección es la de continuar a delante a pesar del dolor y el sufrimiento, la madre ausente reacciona y permuta la deseada muerte por la oportunidad de compartir su vida con la de los hijos que continúan vivos, en el supuesto de que los haya, y que tanto la necesitan.

Es entonces cuando sopesa, muy a su pesar, que debe de aceptar con gallardía la idea de intentar sobrevivir al hijo ausente mientras llega el momento de vivir de nuevo.

No resulta fácil de sobrellevar, pero sabe que la elección de seguir el camino marcado por aquél a quien tanto amó sólo conlleva más dolor y desolación al resto de supervivientes.

Y a partir de ese momento se hace patente el infierno por el que la madre lleva meses caminando y comienza ésta a ser consciente de la montaña rusa que supone un duelo. Un enzarzado camino en el que hay más bajadas que subidas y que debe de atravesar obligatoriamente si pretende atisbar la salida del túnel más oscuro y solitario por el que jamás transitará.