Xaro Cortés

Porque me gusta escribir.

La sonrisa de Ada


UNO

Sandra despertó súbitamente empapada en sudor al tiempo que tiritaba de frío, consecuencia de haber sufrido una nueva pesadilla.

En realidad se trataba del mismo mal sueño que venía experimentado desde hacía ya tiempo.

Permaneció con los párpados cerrados por unos instantes, temerosa de comprobar al abrirlos que su suerte no habría mudado, que continuaba en aquella celda; la misma en la que llevaba encerrada cuatro largos meses.

Dedujo, a tenor del sepulcral silencio que invadía el lugar, que debía de ser noche cerrada. Sabía no obstante que no iba a ser oscuridad lo que percibiese al abrir los párpados puesto que en aquel lugar nunca reinaba la oscuridad completa.

Solía compararlo con un hospital, evitando así sucumbir a la desesperación de saberse presa, y en parte al hecho de que durante las noches se hiciera necesaria su penumbra, lo que contribuía en buena medida a acrecentar esa idea.

- ¿Te encuentras bien?

Había despertado a Olga, su compañera de celda y quien ocupaba la litera superior.

- Sí. Sólo ha sido otro mal sueño.

- Trata de volver a dormir. Mañana debes estar despejada durante la celebración de la vista.

- Será mejor que durmamos ambas. Lamento haberte despertado.

- No importa –respondió su compañera somnolienta-. Hasta mañana.

Encendió distraída un cigarrillo al tiempo que reparaba, en la penumbra de la estancia, en las fantasmagóricas formas que adquiría el humo al ser despedido por el pitillo.

Evocó de nuevo las semejanzas existentes entre aquel lugar y un centro hospitalario cuya experiencia se limitaba a las contadas ocasiones en que había sido necesario su ingreso. En ambos lugares se hacía imprescindible la permanencia de una tenue iluminación a fin de dispensar la mayor atención posible a los internos. Aunque allí primaba la vigilancia a la atención.

Iluminación que otorgaba al lugar un aire espectral, tan siniestro o más que el aspecto que ofrecía una planta de hospital durante las horas nocturnas.

Reparó en la acompasada respiración de Olga, evidenciando que la mujer había conciliado nuevamente el sueño. Consultó su reloj de pulsera comprobando que sólo eran las tres de la madrugada. Faltaban demasiadas horas para que fuera conducida hasta la ciudad de la justicia, donde a la mañana siguiente se desvelaría su futuro inmediato.

Durante varios meses había temido el fatídico momento; ahora en cambio deseaba que concluyese lo antes posible. Continuaba no obstante, detestando la idea de enfrentarse a un anónimo juez, encargado de decidir si era merecedora de perdón y retomar de nuevo su vida o no.

¡Qué sabría aquél desconocido de la amargura que ella había vivido en los últimos cinco años de su vida!

Quizás y ante las pruebas que la letrada encargada de su defensa tenía pensado presentar, lograse hacerse una idea aproximada acerca del terror, la angustia, la rabia y la impotencia de la que Sandra fuera presa durante los últimos mil ochocientos veintiséis días, aproximadamente.

El cómo y por qué había dado comienzo su pesadilla continuaba siendo un misterio para la mujer. Al considerarse a sí misma como una persona sincera, incapaz de lastimar conscientemente a nadie, presuponía erróneamente que sus semejantes compartían su visión de la vida. Hasta que Fela se cruzase en su camino.

Cuando la conoció ya recibió una mala impresión con respecto a su talante excesivamente nervioso. La manera impulsiva de gesticular al hablar frenética la delataba. Impaciente, siempre enardecida; el hecho de no dar opción a que sus interlocutores se expresaran con libertad mientras mantenían, o al menos lo intentaban, una conversación con ella limitaba sobremanera cualquier atisbo de acercamiento por parte de la mayoría de las personas que se cruzaban en su camino. Tras quince minutos soportando su incesante parloteo carente de la más mínima coherencia, Sandra la catalogó de persona non grata.

Tampoco podía decirse que la mujer fuese agraciada físicamente; a sus casi cuarenta años tenía el rostro marcado por decenas de pequeñas y horrendas pústulas, los dientes negros, debido a las caries y una precaria salud bucodental. Unos gruesos cristales dejaban entrever unos ojos de mirada torva.

Por espacio de dos años procuró no coincidir con ella mientras pudiese evitarlo, lo que no era posible en tantas ocasiones como a Sandra le hubiese gustado pues la hija menor de Fela, Irma, asistía al mismo colegio que su única hija, Ada; siendo para colmo las dos niñas compañeras de curso.

Con respecto a las demás madres de alumnas compañeras de Irma, bastaba con observar su expresión de tedio cada vez que se convertían en obligadas interlocutoras de la mujer para apercibirse de que el sentimiento de animadversión era común en la inmensa mayoría de ellas.

El destino, cruel y despiadado, tenía reservado a Sandra un revés sin precedentes. Felizmente casada desde hacía ocho años; con una hija de seis y próxima a convertirse de nuevo en madre, debido a unos problemas de infraestructuras en su vivienda habitual se veía forzada a marcharse de la misma junto a su familia por espacio de unos meses, hasta la conclusión de las obras. Corría por aquel entonces el año mil novecientos noventa.

Pese a mantener trato continuado con diversas inmobiliarias a la espera de que surgiera una buena oferta de arrendamiento, transcurrían las semanas sin obtener noticias satisfactorias por parte de ninguna de ellas.

Una mañana de junio, próximo ya el fin de curso, y mientras aguardaba junto a otras madres la salida escolar de sus respectivos hijos, se le ocurrió preguntar si alguna de ellas tenía conocimiento de alguien que estuviera interesado en arrendar una vivienda por espacio de tres o cuatro meses.

Entre aquellas mujeres se encontraba Carola, a quien Sandra consideraba una amiga y que terció en la conversación.

- Fela dispone de un ático en venta muy cerca de aquí.

- Yo no estoy interesada en comprar. Sólo queremos alquilar algo mientras duran las obras de acondicionamiento en mi casa.

- Lo sé, pero supongo que Fela no tendrá inconveniente en arrendártelo durante ese tiempo.

- Gracias. Lo tendré en cuenta.

Sandra no tenía el menor interés en mantener ningún tipo de tratamiento con Fela en un principio; pero dado el poco tiempo del que ya disponían y ante el interés mostrado por parte de Carola, quien insistía que pese al nerviosismo aparente de Fela y a su repugnante aspecto físico, se trataba de una excelente persona; unido a la falta de noticias concluyentes por parte de las inmobiliarias, Sandra comenzó a reconsiderar su postura inicial.

Una semana más tarde y después de haberlo consultado con Gorka, su marido, quedó el matrimonio de acuerdo con Fela para que ésta les mostrase el ático de su propiedad.

No podía ser considerada la vivienda ni espaciosa ni cómoda, aunque sí estaba dotada de los servicios mínimos para ser concebida como habitable por un reducido espacio de tiempo.

Fela no cesaba de hablar sobre lo feliz que ella se había sentido mientras vivía en aquel lugar al tiempo que Sandra sólo podía fijarse en lo sucio que estaba.

- ¿Te gusta, Sandra?

- Sí Fela. –Mintió la muchacha- Es muy bonito.

- Y tranquilo. Ideal para una futura mamá.

A la joven le disgustaba sobremanera Fela, pero considerando la situación de urgencia por la que atravesaban en aquel momento no le quedaba otro remedio que consentir en arrendar aquel diminuto ático.

Gorka y Fela acordaron una mensualidad que debía ser satisfecha el primer día de cada mes sin necesidad de firmar previamente un contrato de arrendamiento, que según la arrendataria no tenía cabida entre ellos arguyendo la especial amistad que los unía.

Parecía estar todo más o menos conforme cuando Fela, antes de entregarles las llaves, añadió que ellos debían satisfacer el importe de unos recibos de electricidad, pendientes de pago por el anterior inquilino, y que ascendían a una considerable suma de dinero, si querían que la compañía restaurase el servicio de corriente eléctrica en la vivienda.

Tanto Gorka como Sandra consideraron que la condición era abusiva pero tuvieron que consentir en ello, pues de otro modo sólo hubiesen conseguido retrasar su traslado a aquel lugar. Por otra parte la necesidad de su hogar se hacía ya apremiante, en tanto que las obras darían comienzo en unos días y la fecha no dependía de ellos, sino del ayuntamiento.

- El importe lo pagaremos nosotros Fela, pero nos lo descontarás del correspondiente a los tres primeros recibos de alquiler –arguyó Gorka-. No es justo que paguemos nosotros algo que no hemos disfrutado y que ya deberías haber resuelto tú.

- Conforme. Entonces pagaréis el importe estipulado menos la tercera parte del total hasta quedar resuelta la deuda.

Una vez zanjado el tema del suministro de corriente eléctrica el matrimonio comenzó los preparativos para el traslado a su domicilio provisional.