Xaro Cortés

Porque me gusta escribir.


Cileuacorveoatrali

Lo reconocí al instante. Él a mí, por el contrario, no. Fue un encuentro fortuito, una más de las casualidades que la vida nos tiene reservadas. Y para mi sorpresa allí estaba él, sentado en una mesa de la misma cafetería que yo frecuentaba. Cuando lo vi parecía estar leyendo el periódico de la mañana, ajeno a cuanto sucedía a su alrededor, frente a una humeante taza de café que removía distraído de vez en cuando, pero sin atreverse a beber el negro líquido.

Quizás el descaro con que lo miraba fue el detonante, o tal vez fuese que algo en mí terminó por resultarle vagamente familiar. El caso es que antes de que yo pudiera reaccionar lo tenía frente a mí, haciendo gala de la mejor de sus sonrisas.

-Buenos días -me dijo- ¿Te incomodaría que compartiéramos mesa?

"Cileuacorveoatrali" -pensé rápido para desbloquear mi mente, evitando así una reacción de pánico que me pusiera en evidencia, o peor aún, que pudiera delatarme.

- No veo por qué debamos compartir mi mesa. -Argumenté con aparente naturalidad y tratando, no obstante, de disimular mi nerviosismo.

- Bueno. -Respondió sin perder la sonrisa-. Me hubiera resultado imposible no percatarme de tu fijación hacia mí.

- ¿Mi fijación por usted? -Repetí a modo de respuesta, ligeramente turbada y dando por sentado que me había reconocido.

- Sí. Llevas varios minutos sin poder apartar tu mirada de mí.

- Lo lamento -respondí al tiempo que respiraba aliviada-. Si he estado observándolo ha sido inconscientemente. Le ruego me disculpe.

- Por supuesto -replicó sin perder la sempiterna sonrisa-. Aunque no esperes que mi perdón sea gratuito.

- En esta vida nada lo es -respondí con evidente pedantería filosófica y algo más segura de mí misma-. ¿Cuál es el precio que deberé pagar a cambio de tu perdón?

- Detesto hacer el ridículo y estoy convencido de que si ahora regresara a mi mesa la gente comenzará a especular sobre la posibilidad de que me has rechazado. De manera que tu penitencia será soportar mi compañía por espacio de... ¿digamos media hora?

Eché una rápida mirada a mi alrededor para cerciorarme de que, efectivamente, había más personas allí reunidas y esbocé una sonrisa a modo de asentimiento.

Y ahí comenzó todo.

La media hora se alargó veinte minutos más. Él hablaba sin cesar. Con el único objetivo de impresionarme me contó que había estado más de veinte años en el extranjero, trabajando como asesor financiero en un trust internacional. Que sólo hacía varias semanas de su regreso y que contaba con un sueldo vitalicio que le permitiría vivir con holgura el resto de su vida y no sé cuántas sandeces más.

Mientras él se daba a su interminable cháchara yo me limitaba a observar detenidamente cada uno de sus gestos, incluido el más imperceptible. Profundas líneas de expresión enmarcaban los penetrantes ojos, de un gris indefinido, que tan atractivo lo hicieran para mí veinte años atrás. Un cálculo mental rápido para discernir su edad actual, equiparándola con la mía, dio como resultado la cifra aproximada de cuarenta y dos. Cuarenta y tres a lo sumo, aunque aparentaba varios años más. Mientras lo escuchaba hablar repetí mentalmente una docena de veces la palabra interminable y difícil de recordar; una asociación concebida para recordar los diez artículos de una ley de mi infancia y escogida intencionadamente por mi psiquiatra con la única finalidad de proporcionarme una vía de escape ante un bloqueo mental provocado por el miedo.

Cuando finalmente se percató de mi silencio y de que yo me limitaba a asentir de vez en cuando se disculpó por su torpeza y falta de respeto. Acto seguido comenzó a interrogarme acerca de mí, de manera que aquel fue el momento idóneo para consultar mi reloj y esgrimir la excusa de que ya me había ausentado de mi puesto de trabajo más de lo debido y que debía de regresar cuanto antes si quería conservarlo. Él, haciendo gala una vez más de su proverbial galantería, insistió en invitarme y en acompañarme, "como mínimo", a la puerta.

El frío de la mañana se había atemperado de manera significativa, pero yo continuaba temblando sin poderlo remediar.

- ¿Tienes frío?

- No, pero mi piel es muy sensible a los cambios bruscos de temperatura. Se me pasará en unos minutos.

Y antes de separarnos insistió mucho en volver a verme de nuevo, argumentando para que mientras y conocía toda su vida él lo desconocía todo de mí.

- Lamento haberme comportado de manera tan grosera. Debes de pensar que no soy más que un pedante porque solo he hablado de mí mismo.

- De mi vida no hay mucho que contar, la verdad.

- Eso sí que no me lo creo. Todos tenemos un pasado. Aunque en tu caso salta a la vista que no puede ser muy extenso.

Terminé aceptando la servilleta que me ofrecía; en la cual había garabateado su nombre y su número de teléfono, y prometiéndole que algún día lo llamaría para tomar juntos otro café.

Me alejé de él lo más rápido que me permitieron mis temblorosas piernas y dos calles más abajo tomé un taxi, a cuyo conductor di una dirección ficticia. Toda precaución me parecía poca para evitar que aquel fantasma de mi pasado se colara en mi presente.

Un leve resfriado que yo torné a mi antojo en gripe inoportuna resultó ser la excusa perfecta para recluirme en mi casa y evadirme del mundo durante una semana.

Cada noche despertaba presa del pánico, creyendo sentir su presencia y recordando la imagen de su rostro junto al mío. Regresaron las pesadillas y el aletargado recuerdo de la violación estaba ahora más vivo que nunca. Aquel sujeto, que no había perdido ni un ápice de su atractivo y que continuaba despertando en mí tantos sentimientos contradictorios. El recuerdo de su mirada me sumía irremediablemente en un inexplicable hedonismo.

Parecía haber saldado su deuda con la sociedad, pero no para conmigo. Veinte años de prisión podían haber cambiado a un monstruo; sin embargo, él me había matado en vida y cercenado en un único y salvaje acto mis sueños de futuro. Dentro de mí todo continuaba tan destrozado como el primer día, pese a haberme sometido a cinco largos años de terapia.

En mi delirio llegué a la conclusión de que ese debía de ser el motivo de nuestro reencuentro: la vida me concedía la tan ansiada oportunidad de vengar aquella dolorosa afrenta.

Tardé dos semanas en reunir el coraje suficiente para volver a enfrentarme a él. La certeza de que en esta ocasión era yo quien dominaba la situación era lo único que impedía mi bloqueo mental y me insuflaba la audacia necesaria para perpetrar mi venganza.

Durante la cena complací su curiosidad repitiendo el discurso memorizado de antemano, dándole la mayor verosimilitud posible. Por supuesto siempre alerta y repitiendo la complicada palabra cuantas veces fuera necesario.

Ciñéndome a un premeditado plan, me negué en rotundo a que él me acompañara a casa, aunque accedí gustosa a tomar la última copa en la suya; un pequeño estudio en el centro de la ciudad del que pormenoricé hasta el más mínimo detalle. Él, como era de esperar, se puso tierno e inició una especie de patético ritual de aproximación mientras yo me limitaba a dejarme llevar hasta que la situación llegó al punto en que debía fingir que me sentía intimidada y me marchaba de allí dejándolo con la miel en los labios.

Dos semanas más tarde, y con un minucioso plan trazado en el que no había dejado ninguna posibilidad al azar, me presenté en su estudio una noche de improviso con una botella de cava carísimo y vestida únicamente con un abrigo largo, lencería fina de lo más provocativa y unos zapatos, a mi parecer excesivamente costosos, de tacón de aguja.

Tras la sorpresa inicial se prestó de inmediato al juego, como no podía ser de otra forma.

- Traeré un par de copas para el cava.

-No será necesario. -dije quitándome el zapato derecho y ofreciéndoselo-. Los he comprado esta mañana, - expliqué al ver dibujada una expresión de desagrado en sus ojos grises-, pero si eres aprensivo...

- Para nada. -Y comenzó a llenar su zapato mientras yo me desprendía del otro-. Imagino que mañana ya estarán secos -añadió con su sempiterna sonrisa-.

Entre brindis y sorbos del amargo líquido, me prodigaba todo tipo de caricias y carantoñas que cesaron en cuanto el veneno comenzó a hacer efecto. Los músculos del hombre se tensaron mientras él, incapaz de moverlos, me miraba con ojos negros y una expresión a medio camino entre el dolor y la confusión.

- ¿Qué me has hecho?

- Tu zapato estaba impregnado de cicuta -respondí sin inmutarme.

- ¿Por qué? - ahora su expresión era de pánico.

- Por venganza.

- ¿Vengarte de mí? No acierto a comprender.

- Tú pareces haberlo olvidado, supongo que hace falta una memoria fotográfica como la mía para recordar a todas las mujeres que violaste y asesinaste. Yo tenía sólo dieciséis años pero jamás he podido olvidarte. Ni a ti ni a ninguna de tus perversiones. Dejarme con vida fue tu perdición, porque mi denuncia y posterior reconocimiento te mandaron a la cárcel.

- ¡No!

- Me temo que sí. Tardé cinco largos años de terapia en superar el odio, el miedo y el resto de sentimientos negativos que sembraste en mí aquella noche. Nuestro fortuito encuentro me brindó la oportunidad de vengar personalmente el agravio sufrido hace veinte años, tres meses y cuatro días.

- Cometes un error.

- Los años que pasaste recluido no son suficientes para mí ¿sabes? Yo estoy obligada vivir recordando aquel momento y sabiéndome muerta en vida. ¿Sabías que todavía no puedo soportar que ningún hombre me toque? La sola idea me produce náuseas.

- ¡No fui yo, lo juro! Todo lo que te conté el día en que nos conocimos era cierto, pero olvidé comentarte que tenía un hermano gemelo idéntico a mí. Ahora, y gracias a ti, ya sé dónde estuvo durante tantos años porque mi madre jamás quiso decírmelo, supongo que para evitarme una vergüenza innecesaria.

- ¡Oh, Dios!

- No creo que Dios tenga nada que ver en todo esto, preciosa.

-¡Vas a morir!

- Lo sé -dijo resignado-. Y créeme que lo lamento, porque hasta hace... unos minutos... estaba convencido de... haber encontrado... a la... mujer de... mi...vida...

Pereció solo unos minutos más tarde. En mi zapato derecho todavía quedan restos del polvo de cicuta que compré a través de internet en mi afán de perpetrar el asesinato perfecto".

Eliseo no daba crédito; su amiga de la infancia terminaba de confesar el crimen cometido unas horas antes. Había asesinado a sangre fría a un hombre tomándose la justicia por su cuenta.

- Lo tienes jodido, amiga. Ningún juez en sus cabales te eximirá de la pena.

- Soy consciente de ello, pero en estos momentos lo único importante es que he matado a un inocente. Supongo que ese fue el elemento sorpresa que se me pasó por alto.

- A eso suele denominársele conciencia.

Un policía excesivamente alto y muy bronceado irrumpió en el despacho del comisario jefe.

- Disculpe, señor. ¿Podría salir un momento, por favor?

-No te muevas de aquí -me susurró al oído mientras me quitaba los zapatos y se los ofrecía a otro policía-. Llévalos al laboratorio. Que los analicen en busca de sustancias tóxicas.

Dos minutos más tarde, Eliseo volvió a entrar en la estancia. Portaba una carpeta negra y la expresión de su cara delataba una gran pesadumbre.

- No me andaré con rodeos. -Dijo mientras se dejaba caer en la silla de cuero negro-. Es mejor que lo sepas cuanto antes. Tu violador no tenía hermanos y en el informe dice que se graduó en psicología mientras cumplía condena. Salió el año pasado y hace unos meses le informaron de que padecía un cáncer de próstata en fase terminal. Apenas sí le quedaban unos meses de vida.

- ¡No es posible!

- Lo lamento, amiga. Todo parece indicar que él siempre tuvo presente la posibilidad de que tu conciencia no te permitiera vivir sabiéndote la asesina de un inocente.

- ¡No!

- Los hechos apuntan a la hipótesis de que has sido tú y no él la víctima de una venganza milimétricamente calculada. Quizás aquel encuentro no fuese tan fortuito después de todo.

- Cileuacorveoatrali.

Pese a su agilidad felina, Eliseo no llegó a tiempo de evitar que la mujer se desplomara, golpeándose la cabeza contra el frío suelo de linóleo al perder el conocimiento.

Noviembre de 2010

Enviado por xaro


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