Xaro Cortés

Porque me gusta escribir.


Cualquier tiempo

Jorge Manrique afirmaba en sus célebres coplas que “cualquier tiempo pasado fue mejor”.

Tal parece que la humanidad, empeñada desde siempre en computar algo inmensurable, buscó desde los albores del tiempo la forma de hacerlo factible. Sin embargo, el atributo que los hombres otorgaran a la deidad helena Cronos resulta un elemento extraño y de difícil comprensión humana. En ocasiones se sucede con demasiada premura mientras que en otras tenemos la sensación de que su paso juega con los mortales, trascendiendo con exasperante parsimonia. Sólo es una percepción nuestra y sin embargo, en ocasiones nos da la impresión de que el reloj se detiene o bien tenemos la sensación de que el paso de las horas se modifica a voluntad del dios.

Los días felices, esos que nos gustaría alargar para no dar por zanjado el motivo de celebración, transcurren con una celeridad abrumadora, despojándonos de la dicha de lograr disfrutarlos extensamente. Por el contrario, el tiempo se ralentiza en los días nefastos, y es en éstos cuando nos detenemos a considerar esos pequeños detalles que se nos escapan habitualmente o que por rutina no sabemos valorar.

Y también es cuando, de manera filosófica, analizamos todo el tiempo desperdiciado en la vida con reproches banales, preocupados más en nosotros mismos y nuestras necesidades que en los pequeños detalles diarios, los realmente importantes. Consideramos entonces nostálgicamente en que nuestros actos podían haber sido de diferente manera, que podíamos haberlo hecho todo mejor; deseando instintivamente con ello otra oportunidad. Craso error porque el tiempo no puede ser modificado; de nada sirven ya las lamentaciones por algo que escapa a nuestro control, sin embargo caemos constantemente en la tentación.

Los sentimientos se ven agudizados cuando se trata de la expiración de un ser querido o cercano a nosotros, añadiéndose entonces la amarga convicción de que esos serán los últimos instantes que estaremos al lado de esa persona. Largas horas en vela durante las cuales se agolpan las emociones más enfrentadas y dispares: el amor, el rencor, la añoranza o la pena. Primando uno sobre todas: la certeza de no volver a compartir gozos ni desdichas junto a la vida perdida.

En mí esos sentimientos se agudizan considerando las circunstancias que marcaron tu existencia y la mía, que no la nuestra; pues nuestras vidas jamás estuvieron unidas más allá del cordón umbilical durante el corto lapso de la gestación.

Durante demasiados años desperdicié mi tiempo y mi intelecto tratando de comprender tu absurdo comportamiento; debatiéndome entre el rencor que me inspiraban tus actos hacia mí y el amor que debía profesarte necesariamente dada tu condición. El idealismo y el apego me obligaban a disculpar tus acciones enmascarándolas bajo un sentimiento de amor mal entendido, exacerbado quizás por las circunstancias vividas.

El remanente franquista, bajo cuyo régimen creciste; la educación recibida, basada en el miedo y la represión, donde primaban el misticismo y la escatología así como un profundo ensalzamiento de la hagiografía condicionaba la mentalidad de entonces; los valores sexistas inculcados desde antaño... todo se me antojaba válido para justificar lo inexcusable.

No obstante las palabras que mejor te definirían son: orgullo, intolerancia y egoísmo. Jamás te escuché pedir perdón ni mostraste arrepentimiento por los errores o las injusticias, optando siempre por buscar culpables entre tus allegados, lo que nunca resultó una buena política. Por más que me esfuerzo tampoco logre recordar que durante las confrontaciones te mostraras abierta a ningún tipo de diálogo; solías sentenciar la situación con el concurrido “porque lo digo yo”, ocasionando de esa manera una frustración acrecentada con el paso del tiempo. Rememoro ahora las múltiples ocasiones en las que destinabas las últimas cincuenta pesetas a adquirir tabaco para ti en lugar de pagar con ellas el pan de tus hijos.

Muchos fueron tus fallos y en cambio tú gustabas justificarte aludiendo a los errores cometidos por tu propia madre hacia ti.

Sin embargo y al igual que ella, influenciada quizás por la educación sexista recibida, revestiste al varón de nepotismo, proporcionándole todos los medios disponibles a tu alcance para que alcanzase una posición que le permitieran labrarse un porvenir, ignorando la exigua capacidad de éste para los estudios.

Fomentaste el odio y la rivalidad fraterna, favoreciendo claramente a unos sobre los otros o resabiando a una mientras menospreciabas a la otra. Cualquier cosa era válida para alcanzar tu objetivo: sembrar entre tus vástagos la malquiscencia. En mi opinión ningún hermano debería considerarse superior a los otros, siendo obligación de los padres atajar cualquier manifestación de egolatría, no fomentarla. Tus numerosas muestras de arbitrariedad resultaron el desencadenante del egoísmo, la insidia y la avaricia de mi hermana pequeña, la cual paradójicamente siempre te consideró indigna de tu posición y de su persona.

Considero mi adolescencia como la más tenebrosa de mi vida. Tu autoritarismo no encajaba con mis pretensiones de manumisión. Demasiadas preguntas sin respuesta; exceso de tabúes; imposiciones desaforadas en exceso... todo contribuyó a condicionar los años plagados de temores, inseguridades y sinsabores.

Contemplando ahora tu cuerpo yacente atisbo la serenidad y la paz interior de las que careciste en vida observando conmovida que has logrado hallarlas finalmente.

Pese a los numerosos reproches debo, no obstante y con total humildad, reconocer y admirar la gran labor que realizaste a fin de sacar adelante a tu familia. Tarea siempre empañada en detrimento de los equívocos y menospreciada por todos nosotros. Custodiaste en soledad la unidad familiar con entereza y envidiable coraje, luchando contra tu propio deseo en ocasiones. Supliendo a la perfección la escasez de figura paterna.

Atajaste las penurias con tesón y sacrificio. Lo que no fue óbice para que alardearas continuamente de un asombroso sentido del humor. Jamás te vi derrotada ante las adversidades aunque las maldijeras en cientos de ocasiones.

A mi memoria acuden largas vigilias y oscuras madrugadas compartidas en las que la fatiga no tenía cabida, mientras mi padre dormía profundamente en el lecho sin mostrar piedad alguna hacia ti, ebrio de alcohol y de placer.

Compañero que debía haberlo sido en todo y terminó siéndolo de nada. Bohemio y vividor, atesoró para sí los beneficios al tiempo que repartió lo pernicioso entre su familia. Motivo sobrado para preñar de aflicción cualquier alma.

Otro tiempo, otra forma de ver la vida. “A quien Dios se la dé, San Juan se la bendiga” solías argumentar excusando algo careciente de justificación. Tú tan prosopopeya, tan poco dada a la propia ignominia por amor te convertiste en la más dócil de las féminas. Vejada, atormentada... menesterosa como nadie. Gozabas sin embargo humillando, esgrimiendo tal vez esa técnica como única vía de consuelo pero obteniendo a cambio sólo animadversión y desidia.

Con el paso del tiempo fuiste incapaz de conservar junto a ti a las personas que deberías haber amado por encima de todo: tus propios hijos. Todos y cada uno de nosotros te abandonamos a tu suerte hastiados de tu necedad mientras que tú contrariamente, continuaste caminando por el sendero de falsa dicha; inmersa en un mundo perfecto que sólo tú percibías, siempre feliz de mantener junto a ti al único aunque no verdadero amor de tu vida.

Querer destructor y pendenciero que no se detuvo a contemplarte por última vez antes del postrero abandono, cegado por la arrebatadora y sin embargo vana lozanía, despreciándote quien te arrebatase la frescura de un tiempo pretérito por un amor impío que cercenara tu libertad.

Pasé la mayor parte de mi existencia distanciada de ti y enojada contigo, privándome así de la oportunidad de compartir gratas experiencias. Despojándome a mí misma de la obligación de agradecerte las impagables lecciones de vida. Me enseñaste a no temer la vida por mucho que ésta se ensañase conmigo; mostrándome además la manera de hallar el coraje para sobrellevar del mejor modo posible las adversidades y también, por qué no reconocerlo, mi altivez.

Si mamá, yo que en todo momento recriminé tu engreimiento, debo confesarte que soy poseedora de la misma falta. Prosopopeya que también pude apreciar en mi hermana y que señalaba sin embargo el encubrimiento de la propia vanagloria.

Yo que en mi camino obtuve mayor fortuna que tú y que me esforcé sin descanso en ser equitativa, mudando la intransigencia en comprensión; supliendo el egoísmo por abnegación, consciente de estar poniendo sumo cuidado en ello, advierto estupefacta e impotente el modo en que se ha transmitido en mi propia progenie el ominoso linaje de tu familia. Estirpe que ni siquiera el paso del tiempo logra alterar, condenada a perdurar generación tras generación. Revelándoseme así que el poeta se equivocaba, que cualquier tiempo pasado no fue mejor ni peor, sólo una cíclica sucesión de acontecimientos en los cuales nuestro íntimo discernimiento es lo único cierto en ello.

El pasado nos atrapa irremediablemente, bien mediante recuerdos o por el deseo de alcanzar un futuro mejor.

Descubro entonces con estupor que el tiempo sólo es un absurdo invento de los dioses, creado con la sola intención de esclavizar a los mortales.

Enviado por xaro


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