Xaro Cortés

Porque me gusta escribir.


Retazos de vida

Lun, 15/07/2014.

Recuerdos aletargados afloran mientras vagabundeo por un parque otoñal, al tiempo me regocijo en el placentero crujido de las hojas muertas bajo mis pies. Evocaciones que no hace mucho creí extintas para siempre.

Deambulo sin rumbo fijo. Disfrutando de todo lo que hago y de los mínimos placeres de la vida. Dueña por entero de mi existencia y de mí misma.

A menudo pienso en todas las mujeres que no compartieron mi destino; mujeres que ya no volverán a contemplar un amanecer, ni gozarán paseando cualquier tarde otoñal. Tampoco escucharán nuevamente la risa, o el llanto, de sus hijos porque alguien se interpuso entre esos pequeños placeres y su vida. Mujeres condenadas por amar demasiado. Por silenciar su voz cuando debían de haberla alzado.

El miedo a las burlas, a la incredulidad, al qué dirán… a la venganza de aquél que las lastima sin compasión… el mismo temor que las obliga a salir a la calle provistas de una máscara que impida adivinar la cruda realidad que se esconde tras su sonrisa. Mujeres que se enfrentan a la vida revestidas por elección propia con una oscura armadura como único modo de evitar el sufrimiento. El dolor.

Resulta difícil comprender el suplicio que atraviesan esas víctimas del destino cuando éste no es vivido en primera persona.

Expresiones como: “¿Y tú lo consentías?”. “A mi me hubiera dado sólo una vez, no más”, y otras similares son muy sencillas de pronunciar. Por desgracia no son sino palabras baldías. Frases que todavía afianzan más, si cabe, la certeza de que la culpable es una misma y nadie más.

Cuando toca vivir el trauma desde la perspectiva de primera persona nada resulta sencillo, ni cómodo. Todo es dolor, sufrimiento y temor.

Poco a poco el círculo se va cerrando, hasta llegar al convencimiento de que salir de él indemne o con el mínimo sufrimiento se nos antoja una quimera.

El sincero y gran amor del principio va mudando con el tiempo transformándose paulatinamente en incredulidad. En confusión. En rencor. En odio… pero siempre sintiendo una gran culpabilidad. Y esa culpabilidad viene dada por el autoconvencimiento, por la incomprensión del entorno social y familiar y por un miedo visceral a las represalias de quien te golpea sin motivo aparente, te humilla tanto en público como en privado y se jacta de una inferioridad disfrazada de superioridad.

La suma de todos estos factores lleva al convencimiento de que la única responsable de esos golpes, del desamor, es una misma.

Después vendrán las disculpas, las cientos de promesas. Siempre las mismas frases de arrepentimiento. Palabras vacías que se repiten hasta la saciedad. Al final dejan de parecer creíbles incluso a las propias afectadas.

Las amenazas continuamente proferidas, junto al autoconvencimiento de que serán cumplidas. Los hijos. El miedo al futuro. A no ser capaz de dar a esos hijos todo lo que merecen por quedar la madre desnuda y en la más absoluta soledad, no sólo de cuerpo, también de alma… son condicionantes para soportar lo insoportable.

Profundo valor. Heroínas de la nada y de todo a un tiempo.

En ocasiones, demasiadas por desgracia, sucede lo inevitable y algunas sucumben ante la fuerza, al despotismo, al dolor. Perecen a manos de individuos sin escrúpulos, capaces de llevar la violencia hasta el último término. Violencia por qué. Para qué. Quizás para demostrar quién es el más fuerte. Quien domina a quien.

Olvidan, o tal vez nunca lo supieron, que una pareja es cosa de dos. Que en ninguna relación debe haber vencedor ni vencido. Que el amor no significa posesión. El maltratador termina convirtiendo la existencia de su compañera en sinónimo de sufrimiento y desesperación.

La triste realidad es que cuando una de estas desdichadas expira sólo su cuerpo fallece, porque lo cierto es que ha estado muerta en vida la mayor parte de la convivencia.

A estas mujeres sí les arrebataron la oportunidad de cambiar su triste realidad de un solo tajo. Les impidieron hallar el modo de volver a sonreír sin fingimiento del modo más cruel. Del más despiadado.

Otras, más afortunadas supimos encontrar la salida.

De una forma u otra llega el momento de decir “basta”. Dejamos de temer las amenazas ni a un futuro incierto o a la soledad, porque somos conscientes de que llevamos solas una eternidad.

Llegado ese instante, cada una a su manera halla la forma de cambiar su vida, de liberarse del verdugo en otro tiempo amado, para hacer con su existencia lo que les plazca.

Contemplar un amanecer. Aspirar el perfume de las flores. Tomar a un bebé en brazos. Sonreír al contemplar a sus hijos, tan dichosos… tan vivos. Amar y ser amada. Saber a ciencia cierta que la pesadilla terminó.

Tal vez mi historia no difiera de muchas otras pero sobreviví al horror de una muerte en vida y mi mérito estriba únicamente en el mero hecho de vivir para contarlo.

En mi cuerpo todavía quedan cicatrices. Y heridas en mi alma que jamás cicatrizarán. Quizás sean precisamente ésas las más difícil de sanar.

A menudo considero los más dolorosos recuerdos extintos para siempre. Reminiscencias que se reavivan sin previo aviso, no importa el detonante, y descubro con estupor que nunca podré olvidar aquellos años. Que sólo me queda la difícil tarea de aprender a recordar sin que me cause dolor hacerlo.

Hace tiempo que superé el temor y el rencor. Aquél que me privó de la vida durante años es ahora un ser que sólo me inspira compasión. Aprendí a verlo como a una víctima en lugar de cómo a un verdugo. Un enfermo y amargado que de la única manera que podía sentirse superior a mí era mediante la subyugación y la violencia.

Transformó mi autoestima hasta eliminarla por completo. Supo manipularme pese a su inferioridad. Siempre me consideró un objeto de su propiedad. Jamás su compañera ni su amiga.

Lo perdió todo porque al final no supo retener lo mejor de su vida: sus propios hijos.

Cuando llegó el momento no supo ni quiso seguir amándolos, conservarlos junto a él. Compartir sus vidas. Tan sólo los consideraba parte de mí y al no poder retenerme se desvinculó de ellos.

Desde mi dolida humanidad reconozco que tomar la decisión no resultó sencillo. Nunca lo es. Sabía a ciencia cierta que él no se conformaría, que me lo pondría muy difícil. Pero jamás pensé que la separación llegara a ser más dolorosa que la vida a su lado.

Recibí mucha ayuda por parte de amigos y seres queridos. En ningún momento me sentí sola. Nunca he vuelto a sentirme sola. Tenía junto a mí el mayor logro de mi vida: mis hijos. Amor sin límites por su parte, sincero y recíproco.

Pasado un tiempo y con mucha paciencia retomé la alegría de vivir. Tuve constancia de mi libertad. Aprendí a apreciar las pequeñas cosas de la vida y descubrí el inmenso placer de sentirme viva.

Cuando miro atrás, después de superar el infierno, sólo me arrepiento de mi cobardía. Jamás de mi valor ni de mi fuerza de voluntad.

Recuerdo que en una ocasión, durante los meses de mayor desconcierto, alguien me dijo: “saldrás adelante. No sé cómo, pero lo harás. Todas lo hacéis”.

Y lo logré.

Xaro Cortés

Enviado por xaro 15:05


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